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Un paseo por la Roma antigua

Situada en el centro de Italia, Roma continua siendo un destino favorito para turistas de todo el mundo. Es una ciudad en la que se mezcla de manera muy atractiva el estilo de vida mediterráneo, que ofrece entre otras cosas las ventajas de su clima, con cierto carácter nórdico, debido quizá a la influencia, muy palpable en cada aspecto de la vida, de la Iglesia Católica. Pocos países del mundo tienen para los turistas tal cantidad de atractivos: historia, arte, música, moda, gastronomía... Los atractivos turísticos de Roma son bien conocidos y muchos. Cualquier guía, podrá situar al viajero ante una cantidad tan ingente de monumentos que puede que éste se sienta incluso un poco agobiado. Si se ordena bien, lo más importante de Roma puede verse en tres días, aunque es necesario estar dispuesto a dejarse la piel en el empeño. Si se tiene tiempo, Roma merece, al menos, una semana tranquila.

PILAR MUÑOZ / UNO CONTENIDOS
Desde el 1870, año en que fue proclamada capital de Italia, Roma ha conocido una fuerte y incontrolada expansión urbana. No hay duda que el paisaje romano, con sus cipreses y pinos bajo un cielo de una pureza maravillosa y enrollado en una luz dorada compone un cuadro de encanto inolvidable. Sin embargo, este atractivo se debe hoy descubrir en la caótica agitación que caracteriza una ciudad moderna.

Aún así, Roma sigue contando con la mayor concentración artística que puede encontrarse en cualquier ciudad del mundo gracias al legado dejado por sus dos épocas de mayor esplendor: la correspondiente al antiguo imperio romano y la dorada en el renacimiento artístico. Sin embargo, da la impresión que sus riquezas arqueológicas han estado abandonadas en el tiempo y sólo en los últimos años se ha reconocido el valor de sus posesiones. Desde el punto de vista urbanístico, la concepción de la ciudad no ha seguido unas pautas de desarrollo que otras urbes modernas han realizado.

Callejeando es posible disfrutar aún de la visión que nos ofrecen los pequeños comerciantes, serrando maderas en la calle, arreglando zapatos etc., en unas escenas que bien podrían situarse en los años de la posguerra. Una de las opciones más acertadas es comenzar la visita de Roma por los orígenes de la civilización antigua, es decir, por el Coliseo y el Anfiteatro Flavio, este último es uno de los restos arqueológicos más impresionantes de la ciudad y de los más renombrados del mundo. Fue erigido por orden del emperador Vespasiano a finales del siglo primero e inaugurado por su hijo Tito en el lugar en el que Nerón tuvo su suntuosa residencia, la Domus Aurea.

El Coliseo, en sus orígenes, estaba edificado en 4 niveles, en cada uno de los cuales existían 80 arcadas numeradas para acceso al recinto, con una altura de 60 metros y una capacidad total de 85.000 personas. El acceso era gratuito aún cuando cada uno de los estratos sociales tenían su área de ubicación. En la arena se celebraban los juegos de los 100 días, las luchas entre gladiadores, las luchas entre animales, las matanzas de los primeros cristianos e incluso batallas navales inundando la arena. Cuando los crueles espectáculos fueron prohibidos en el siglo V, el Coliseo comenzó a perder poco a poco su preeminencia e incluso sus piedras fueron utilizadas en la construcción de palacios y otros monumentos. En la actualidad, el acceso al estadio está limitado a su cuarta parte más cercana al Foro Romano, aún así, es posible contemplar la suntuosidad del edificio, las gradas conservadas en buen estado y los subterráneos bajo la arena por los que debieron transitar gladiadores, cristianos y animales.

Basta con girar hacia la izquierda y descender por la Vía de San Gregorio hasta encontrar a unos 100 metros el acceso a la Colina Palatina, donde se pueden visitar las famosas Termas de Carracalla. En este agradable lugar es donde, según la leyenda, Rómulo y Remo fueron amamantados por la loba y Rómulo fundó Roma tras matar a su hermano. En los días de la República en esta zona era donde se edificaron las mansiones más señoriales, como la Casa de Augusto, la Casa de Livia, su mujer, la Casa de Rómulo, los jardines Farnesse, o el Palacio de las Flavias.

Descendiendo la colina por la parte frontal a los baños, se alcanza la puerta de entrada al Foro Romano. Se trata de una vasta extensión de 1,5 kilómetros en la que se encuentran apilados los restos de lo que fue el centro político, artístico y comercial de la antigua civilización. Este valle se fundó hace 900 años siendo su calle principal la denominada Vía Sacra. Se accede a ella a través del Arco de Tito, que es el más antiguo que se conserva, y que fue erigido por Domiciano en conmemoración de las victorias de Vespasiano y su hijo Tito sobre los judíos.

A unos escasos diez minutos a pie se encuentran los restos de la Casa de las Vírgenes Vestales, en la que seis mujeres mantenían viva la llama del Templo de Vesta que se encontraba al fondo del patio. Detrás y al fondo del lateral se encuentra el edificio de mayor tamaño del Foro: La Basílica de Constantino. Según se cuenta Miguel Ángel se basó en su grandiosidad para diseñar la cúpula de la Basílica de San Pedro. Frente al Foro Romano se sitúan los restos de los Foros Imperiales, en los que los diferentes emperadores romanos dejaron su huella. El más importante es el Foro de Trajano, inaugurado en el año 113. Es una plaza cerrada, a la que se accedía a través de un arco, en la que se incluyen la Basílica Ulpia, dos bibliotecas, el templo de Divo Trajano, una estatua ecuestre del emperador y la Columna Trajana. Esta última con una altura de 27 metros está circundada por 200 metros de bajorrelieves en los que se relatan las victorias del emperador hasta lograr la colonización de la Dacia (Rumania) y coronada por una estatua de San Pedro.

Continuando por la Vía del Teatro de Marcelo, se encuentra el edificio que con el mismo nombre fue iniciado por César y finalizado por Augusto, quien se lo dedicó a su hijo Marcelo. Fue uno de los más grandes teatros romanos, con capacidad para unas 15.000 personas. En la actualidad destaca observar que su base corresponde a las ruinas del teatro, pero los pisos superiores son viviendas.

Cerca de la Vía del Corso se encuentra el Palacio de Pamphili, que acoge una maravillosa galería con obras de Tintoretto, Tiziano, Caravaggio, Bernini, Velázquez y Bruegel el viejo entre otros, y a su espalda se abre la barroca Plaza Navona, uno de los lugares más visitados de la ciudad. En el centro de la plaza está la obra más representativa: la Fuente de los Cuatro Ríos, erigida por Bernini en 1651 con el cual logró los favores de Inocencio X. Cada una de los surtidores representan los ríos Danubio, Ganges, Nilo y Mar de la Plata. En el centro de la fuente se levanta un obelisco traído del circo de Majencio. Según se dice Bernini comentaba que gracias a la fuente se tapaba la horrible obra de su rival Borromini, la Iglesia barroca de Santa Agnese, situada frente a la fuente.

No es de extrañar que el ajetreo que supone visitar Roma abra rápidamente el apetito. Para los paladares más exigentes tan sólo recordar una cosa, la cocina romana refleja tres diferentes tradiciones culinarias: la que tiene el marisco como base, propia de la tradición de la región del Lazio, la tradición local, con la carne y la casquería como elemento principal y la comida judía del gueto de Roma. Pero, sin duda, uno no puede dejar abandonar la "ciudad eterna" sin probar sus deliciosos helados, y para eso lo mejor es ir a Gelateria San Crispino, cerca de la Fontana de Trevi. Allí se puede saborear lo que se llama en todas partes un helado italiano, y descubrir, de paso, que lo que nos sirven como tal en cualquier heladería fuera de Italia no tiene absolutamente nada que ver.

En cualquier caso, tan sólo un último consejo. Es importante no empeñarse en ver todo lo que aparece en las guías porque siempre es demasiado, y tanta ración de arte junta puede llegar a indigestar. Es siempre mejor perderse por las calles menos transitadas de la ciudad, entrar en cualquier iglesia que se encuentre por el camino, sentarse tranquilamente y admirar sin aglomeraciones, sus frescos, su arquitectura, o sus esculturas.
 

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