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Donde el Amazonas llega al mar

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Y algo más al este, sin dejar la ribera del río que llega hasta el mar, podrás alcanzar la Estaçao das Docas, espectacular complejo de ocio de 30.000 metros cuadrados y 500 metros de ribera fluvial, compuesto por restaurantes, bares, comercios y tiendas de artesanato, ubicados en los antiguos almacenes portuarios del antaño floreciente puerto, y hoy en pleno proceso de reflotamiento, donde se dedica un interesante programa de actos y espectáculos a difundir la cultura y la tradición, y a ejercitar el ocio y la diversión. Este proyecto, mediante el que se han reformado tres de los barracones portuarios, forjados en hierro inglés, continuando el resto dedicados a las tradicionales labores de transporte de pasajeros y mercancías, y conservando gruas y demás elementos propios de las antiguas instalaciones porturarias como tributo a su pasado, constituye una importante reconversión de obsoletos elementos en una práctica y rentable realidad, una apuesta de futuro que es expresión palpable de que la inversión turística y cultural empieza ya a formar parte del presente rentable y solvente de esta ciudad.

A continuación ascendiendo por la Avenida Presidente Vargas, bordeando la concurrida y transitada zona comercial, donde puedes comprar cualquier cosa a precios competitivos, llegarás a la Praça de la República, centro neurálgico de la nueva Belém. Esta enorme plaza aparece empedrada a la manera lisboeta, con miles de pequeñas piedras blancas y negras que unidas, unas con otras, alfombran su suelo dotándolo de formas, colores, luces y sombras. Y allí entre el siempre presente verde exuberante de la Amazonia, junto al Bar do Parque, típico lugar para disfrutar de las bebidas y demás excelencias locales, puedes encontrar el símbolo arquitectónico de la ciudad por excelencia, el Teatro da Paz.

Hubo un tiempo en que Belém quiso ser París. Fruto de la riqueza desorbitada que durante el siglo XIX originó la exportación del caucho, se creó una burguesía emergente que, junto con la aristocracia dominante, intentó rodearse de todos aquellos elementos que incrementaran su glamour con ánimo de asemejarse a la ciudad soñada. Así se diseñaron jardines y se construyeron edificios a la francesa, y el más notable de todos ellos fue el teatro de la ópera, precioso y exuberante, como la misma selva, pero extrañamente ubicable en estas latitudes. En 1878 se erigió este primer teatro amazónico, después le seguiría el teatro de la ópera de Manaos, que fue edificado en un magno y deslumbrante estilo neoclásico con espectaculares columnas corintias sobre la entrada, y bautizado con el nombre de Teatro de Nossa Senhora da Paz. La espectacular madera del Amazonas que recubre su suelo, los bronces forjados sobre las escaleras, creados para ser pisoteados al subir piso a piso, las enormes arañas de mil lágrimas que irradian luz al complejo, los majestuosos frescos italianos que brindan color a sus techos y los adornos cubiertos en oro que decoran las tribunas, son sólo algunos de los rasgos apreciables en su megalómano interior.

Y andando o a bordo de uno de los desbocados onibuses (autobuses urbanos), que innumerables cabalgan por la ciudad, nos dirigimos al barrio de Nazaré, así llamado porque entre lujosas mansiones que nos traen recuerdos de otras épocas, gloriosas pero olvidadas, hallamos la Basílica de Nossa Senhora de Nazaré. Erigida en el mismo lugar donde el caboclo Plácido, allá por el 1700, halló la imagen de la Virgen de Nazaré, que los portugueses habían traído de Portugal. Cuenta la leyenda que, misteriosamente, cuando llevaban la imagen a la Igreja da Sé, en poco tiempo volvía a aparecer en el mismo lugar donde la había descubierto el lugareño, sin que nadie encontrara explicación satisfactoria a tal fenómeno, y así se decidió construir, en aquel mismo lugar, una capilla votiva, hasta que en el año 1852 se edificó la actual Basílica. Espectacular obra de enormes dimensiones, en su planta está inspirada en la Basílica de San Pablo de Roma, destacando un interior elevado mediante 32 columnas de granito y embellecido con vitrales traídos de Francia e importados mármoles de Carrara.

Aquí tiene lugar el acontecimiento anual más famoso de la ciudad: el Cirio de Nazaré. Cada segundo domingo del mes de octubre, los belemeses toman en volandas el trono con su Virgen y lo sacan en procesión a la calle, paseándola entre la devoción y la oración de feligreses y curiosos, en un itinerario que partiendo de la Catedral concluye en la Basílica. Esta costumbre, eminentemente católica y tan extendida en nuestra España, llega a reunir hasta dos millones de fieles en las calles, tal es el fervor religioso en esta ciudad y en este país.

Y avanzando un poco más por la Avenida de Nazaré, cuando la avenida cambia su nombre por el de Governador Magalhanes Barata, hallamos el Museu Paraense Emilio Goeldi. Ubicado en una antigua Rocinha, que viene a ser una hacienda rural donde vivían las familias acomodadas en el siglo XIX, fue fundado en 1866 y recoge en sus 50.000 metros cuadrados más de 3000 especies vegetales y animales. Es todo un explícito compendio de la selva amazónica, donde destacan enormes árboles como un Guajará de más de 150 años de antigüedad, una Samaumeira de 46 metros de altura, así como animales tan paradigmáticos de la Amazonía, como la Onça (jaguar), el peixe-boi (manatí), el jacaré (cocodrilo), etc... Además, en el mismo complejo también puedes visitar un precario pero interesante acuario, de peces de agua dulce en su mayoría, así como dos exposiciones, ubicadas en la antigua residencia del propietario de la rocinha, en que puedes vislumbrar el proceso de restauración del recinto y aprender sobre los iniciales pobladores de la zona durante la prehistoria amazónica.

Si por algo me sorprendió la ciudad, es por la integración de la naturaleza con la civilización. La exuberancia vegetal y animal de este enorme parque zoobotánico parece difícilmente compatible con una organización humana compleja como es una ciudad, pero ello se consigue en varios enormes parques, verdaderos pulmones urbanos.

De parecida condición, hallamos el Jardim Botánico o Bosque Rodrigues Alves, exuberante derroche de naturaleza vegetal y en menor medida, animal. Excelente lugar para disipar entre las sombras el insufrible calor que domina el día mientras no llueve.

En este sentido también puedes hallar el Margal das Garzas, instructivo complejo de reciente creación que crea y preserva un microclima típicamente ribereño del Amazonas, con su flora y su fauna, además de una espectacular torre observatorio, desde la que se puede vislumbrar todo el complejo, así como de estanques, viveros y recintos de cría y observación de colibrís (beija-flor), mariposas (borboletas), garzas (garças), flamencos (guarás), etc...

Y no puedo dejar Belém sin ceder un espacio a su estupenda gastronomía, heredera de la cultura indígena, en la que destacan espectaculares platos, tales como el Pato no Tucupí, la Maniçoba, el Tacacá, el Munguçá... El arroz y el feijao (alubias), y el frango (pollo), son platos básicos, así como la farinha (harina de mandioca), condimento necesario en cualquier comida, y que adobada con mantequilla se denomina farofa. También es de consumo habitual el peixe (pescado), destacando el Pirarucu, la Pescada, la Dourada, etc... Y todo ello sin obviar el papel fundamental que ocupan las frutas y sus zumos dentro de la alimentación local, encontrándose numerosas y muy sabrosas, de nombres mágicos e imposibles, y desconocidas en nuestras latitudes, tales como la acerola, el cupuaçu, el caju, el maracujá, el bacuri, la pupunha, etc..., y sin olvidar a las conocidas abacaxi (piña), el morango (fresas), el mamao (papaya), la laranja (naranja), la goiaba (guayaba) y decenas de frutas más, finalizando la lista con dos eminentemente amazónicas: la primera, una especie de baya con caraterísticas revitalizantes conocida bautizada por los indígenas con el nombre de Guaraná; y la segunda el Açaí, también una baya del tamaño de una cereza y de un color morado, que triturada se toma líquida, siendo un reconstituyente ampliamente difundido por estas latitudes.

Y antes de concluir, este viajero no puede evitar echar la vista atrás y recordar con cariño el maravilloso carácter de las gentes del lugar, con esa simpatía espontánea, inmanente y natural, que derraman al hablar, así como expresar mi más sincera admiración ante la belleza sin parangón de sus mujeres, de tan hermosos rasgos fruto de la mezcolanza de las razas indígenas, europeas y africanas.

Belém, vieja ciudad vertical, verde y marrón, el río que te regaló sus colores hoy te impone una eterna guardia antes de su lucha contra el mar.

Belém, así es como yo te vi, eres tanto en tan poco, que hoy ya sé porqué volví a ti.
 

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