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J.A.M. / MUJERACTUAL Aquí acaba la historia y empieza la leyenda, según la cual, su cuerpo fue llevado a España por dos discípulos suyos en un barco sin timón ni velas. En siete días llegaron a Iria Flavia, hoy Padrón, donde Lupa, la reina celta del lugar, rechazó su petición de enterramiento, proponiéndoles, en un ardid, permitir la ceremonia si conseguían dos bueyes para transportar el cuerpo, a sabiendas de que en Galicia sólo existían toros salvajes. Finalmente dos de ellos se tornaron dóciles bueyes de carga y arrastraron el cadáver hasta detenerse en un paraje que serviría de tumba. Tumba que con las invasiones bárbaras cayó en el olvido, hasta el año 813, en el reinado de Alfonso II de Asturias, momento en que Pelayo, un ermitaño observando una lluvia de estrellas que caía del firmamento informó al punto al obispo Teodomiro, quien no dando excesivo crédito a este hecho se desplazó al lugar y observó como las luces penetraban en una cueva, donde halló la tumba, sobre la cual posteriormente se construiría la primera Iglesia, y le impondría el nombre de Campus Stellae o Compostela. Son las 6.30 de la mañana, cuando todavía la oscuridad cubre la realidad que me envuelve, tenues sombras se deslizan a mi alrededor, pequeñas bombillas de minúsculas linternas delatan a los franceses, los más madrugadores, que ya empiezan a rehacer sus mochilas y se preparan para la nueva marcha. Me desperezo, me desembarazo del saco que me arropó durante la noche y tras lavar mi cara, recojo mis enseres, rehago mi hatillo y me lanzo una jornada más a la senda del camino, esa senda milenaria que desde Roncesvalles hasta Santiago cubre casi 800 kilómetros, esa vereda eterna que lleva hasta la lejana tumba del Apóstol, ese andar solitario que desde el siglo IX de nuestra era no deja de arrastrar peregrinos hasta el destino soñado, añorado y tan sufrido. No es sino el Camino de Santiago, y por mucho que yo pueda contar, para conocerlo, simplemente hay que andarlo. La cantimplora ya está llena: agua, que junto a unas galletas y unas nueces me brindan las suficientes energías para dejar atrás el albergue. El frío empieza ya a arreciar en las mañanas de octubre aquí en las tierras de León, aunque no importe en exceso pues el polar y el cortavientos que me abrigan, unido a los kilómetros que irán cayendo bajo mis pies, serán suficientes para mantener aislado del frío, es más, sé que en breve algunas gotas de sudor recorrerán mi sufrido cuerpo, es el precio del esfuerzo. Atrás quedaron cientos de kilómetros, abatidos bajo mis pies, ya dejé los campos de Castilla, aquellas extensas planicies alfombradas de cereales que alcanzaban más allá del horizonte de mi mirada, y me interné en el páramo leonés, tierra yerma y fría, rasa y desabrigada. Puente y Hospital de Órbigo
Paso a paso, siempre siguiendo las flechas amarillas pintadas en cualquier parte visible y constantes informadoras de mi destino, me deslizo sobre las piedras de la calle central de la población, y al echar la vista atrás me maravillo al contemplar, bajo la luz de las farolas, la magnífica estampa del espectacular puente románico que une los dos barrios: Puente y Hospital, incluso a sabiendas de que sólo cuatro de sus enormes arcos apuntados ,son originales del siglo X. Sigo adelante pues no resta nada más, y al llegar al final de la calle debo tomar una decisión, siguiendo recto tengo un camino derecho hasta Astorga, paralelo a la carretera nacional 120, que se corresponde con la antigua Vía romana que unía Astorga con el resto del imperio, y que no es más que un andadero monótono pero más corto que me resultará probablemente más corto y sencillo; y girando a la derecha, tengo la otra opción, menos recta y más larga, pero a través de una ruta que me llevará a través de campos de cultivo y tierras comunales. Me lanzo por la derecha, siempre preferí el campo a la carretera, el sonido del silencio al de los motores diesel o de gasolina. Aunque todavía la luz del naciente día no se llevó la oscuridad de la noche, un toque de claridad ya aclara el cielo por oriente, y mientras atravieso campos de crecido cereal, siguiendo las señales que son las pistas de mi destino, no puedo dejar de pensar en los millones de pies que a través de los siglos han labrado esta senda, de este a oeste, por la ruta de las estrellas, siguiendo el reflejo en la tierra de la Vía Láctea, hacia Finis Terrae, el fin del mundo conocido en la época medieval. Y fue allá por el lejano año del 813, cuando el rey Alfonso II ordenara levantar la primera basílica sobre el sepulcro del Apóstol Santiago, que había sido localizado por un viejo ermitaño que accedió al lugar, al pie del monte Libedrón, guiado por unas luces misteriosas caídas del firmamento, siendo acogidos los primeros peregrinos procedentes de Asturias hacia el año 840. Peregrinos que armados con una calabaza, que les servía para portar agua, una concha, que utilizaban para beber, y un bordón, que usaban como apoyo y defensa ante las inclemencias del camino, avanzaban paso a paso, golpe a golpe, regando los campos con sudor y lágrimas, mudos testigos de su sufrimiento. Mis pies ya se resienten, varios cientos de kilómetros dejan una honda huella en su planta, y mientras alguna ampolla persiste en mis talones, mi tobillo derecho, no deja de recordarme a cada paso que un problema muscular hizo presa en él. Villares del Órbigo
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