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Una jornada, camino de Santiago

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Santibáñez de Valdeiglesias
Tres calles y algo más de cuatro casas frente a mi me permiten tomar conciencia de que me hallo en el siguiente pueblo, Santibáñez de Valdeiglesias. Paredes marrones, de adobe, techos de madera, puertas de roble pintadas en azul cielo, junto a una iglesia que aunque conoció mejores tiempos aparece recientemente consolidada. El pueblo parece desierto y el pequeño refugio permanece cerrado, así que me quedé sin café con leche, seguiré caminando hasta el siguiente pueblo. A las afueras, tras sortear algunas granjas y algunos perros que denuncian mi presencia con ladridos estridentes, decido descansar bajo la sombra de una encina, junto a unas viñas y muchos campos abandonados o en barbecho, acompañado de la figura de un simpático espantapájaros que es mi mudo compañero de desayuno. Saco de la mochila algo de queso que con pan y embutido me permiten reponer las fuerzas consumidas por el camino trillado.

Me levanto, con pesar, de mi alma y de mis pies. Mi tobillo derecho sigue empeñado en hacerse notar, el dolor que me brinda me deja bien claro que algo no anda bien en su interior: la acumulación de kilómetros empieza a hacer mella en mis músculos.

Un pequeño descenso bajo la agradable sombra de un robledo, me ayuda a tomar impulso para la pendiente hacia la cima de la pequeña loma que ante mi se me presenta. El día no es de un tórrido calor, el sol calienta, aunque lo hace con discreción, casi tímido y a regañadientes. La subida parece tener fin, llegando a una planicie donde yace una construcción abandonada, tal vez antaño fuera una granja. Mientras cruzo grandes campos cultivados de cereales, percibo en la distancia como mi camino se une con la otra variante que descarté al salir de Hospital de Órbigo, y distingo en la distancia el Crucero de Santo Toribio, una enorme cruz, elevada sobre cuatro gradas circulares, antigua señal indicativa para los peregrinos de que se hallaban en el camino certero. Cuando llego a su altura, tomo asiento en sus pétreas escalas y me integro en el paisaje, distinguiendo desde allí, en la distancia, las torres de la Catedral de Astorga.

San Justo de la Vega
Algunos peregrinos pasan a mi alrededor, la rubia australiana, que más que andar vuela, me saluda con una sonrisa. Me deleito en la contemplación de mi alrededor, desde aquel altozano me parece tener aquellas tierras bajo mis pies, pero sólo es una ilusión, pues realmente son mis pies los que están para yacer bajo tierra. Un largo descenso me permite deslizarme, ayudado por mi bastón, hasta San Justo de la Vega, pueblo lindante con Astorga, que me parece tremendamente acogedor, sobretodo cuando la amable posadera del primer bar que encuentro abierto, me sirve un generoso café con leche acompañado de un sabroso dulce del lugar. Mucha gente se agrupa junto a la puerta del local, van vestidos de domingo, cuando suenan las campanas, me permiten entender que llaman a misa. Los titulares del periódico local me recuerdan lo desastroso que sigue mi mundo, ese mundo que parece tan lejano cuando haces el camino.

Astorga
Ya queda poco, el fin de la etapa está próximo, pago lo servido y me fundo en mi mochila, para afrontar los últimos pasos de mi sendero. Junto a la carretera, cruzo los arrabales de Astorga, mientras la sombra de sus murallas y sus torres, que se alzan frente a mi, cada vez está más cerca. Cruzo un pequeño puente romano, después la vía del ferrocarril, y me adentro en estrechas calles que ascienden a modo de calvario final hasta la elevada planicie donde yace la ciudad romana de Asturica Augusta, hoy Astorga, punto de unión del Camino Francés que viene desde Roncesvalles, y la Vía de la Plata, que llega desde Sevilla. Accedo a través de la Puerta del Sol hasta el Convento de los Padres Redentoristas, donde ya se palpa la huella romana en ruinas conservadas a sus puertas. Prosigo mi cansino camino a través del Paseo de la Muralla, que bordea la antigua línea de la fortificación romana de poniente, donde puedo contemplar restos de antiguas termas y cloacas del siglo I d.C. Finalmente, tras pasar junto a los enormes muros del Seminario Mayor, llego al Albergue Municipal, donde tomo asiento y consuelo mi dolorido tobillo con una bolsa de gélido hielo. Allí, me reencuentro con dos brasileños, padre e hijo, con los que he ido coincidiendo a lo largo del camino y charlando con el simpático y comprometido hospitalario recojo sus críticos comentarios en torno a la proliferación de albergues privados a lo largo y ancho del camino, lo que no hace sino restar recursos e ingresos a los albergues municipales y parroquiales, albergues tradicionales por excelencia, desnaturalizando así el sentido original no lucrativo de este tipo de instituciones. Igualmente me apercibo de que vista mi condición física, o me quedo un par de días descansando o dejo el final de esta peregrinación para otra oportunidad. Y puesto que la salud es lo primero y no tengo necesidad alguna de forzar mi pierna, no me queda sino esperar otra situación más propicia, pues vale más una retirada a tiempo que la peor de las derrotas. Y así decido visitar la estación de ferrocarril para hacerme con un billete que me devuelva a mi ciudad de origen, al punto inicial de salida.

De camino, visito la ciudad, la magnífica Catedral, iniciada gótica en 1471 pero acabada barroca y plateresca, allá por el siglo XVIII, y donde no puedo sino destacar sus maravillosas fachadas y sus exuberantes coro y retablo mayor barrocos. Y al salir de la Catedral, junto a la pequeña iglesia de Santa Marta, descubro absorto el Palacio Episcopal, con sus cúpulas y pináculos apuntando al cielo añil. Obra del reputado arquitecto catalán Antoni Gaudí y culminada en los primeros años del siglo XX, ha sido tal su importancia e innovación creativa que se dice fue la principal fuente de inspiración para el logotipo de los estudios cinematográficos de Walt Disney. Sea como fuere, su visión es sencillamente impresionante, desde cualquier ángulo la contemplación de este edificio modernista, su pureza de líneas, sus reminiscencias medievales, su majestuosidad y autoridad, ofrece sensaciones de difícil plasmación gráfica. Después me dejo conducir por las calles hasta la Plaza Mayor, donde bajo sus soportales contemplo el reloj que culminado con dos autómatas tañe las horas en la fachada del ayuntamiento de la ciudad, que preside la citada plaza. Y desciendo, atravesando la Puerta del Rey hasta la estación de ferrocarril, donde contrato el billete y preparo mi vuelta a casa.

Ahora, horas después, cuando mi maltrecho cuerpo ya descansa sobre la litera de este tren, no puedo evitar que mi mente siga pensando, siga caminando, y echando la vista atrás recuerde los senderos y a las personas, a las iglesias y los campos, a los árboles y al límpido cielo azul, y aunque recuerde que mi cuerpo sufrió con el frío y con la lluvia, con el aire y con el viento, aunque recuerde que sintió soledad, hambre y miedo al errar por los caminos, sé que nada podrá evitar que en otro tiempo, en otro momento llegue hasta Santiago. Conocí mucha gente a lo largo del camino, pero todavía a nadie que no lo volvería a hacer.
 

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