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Viajar al Congo

Viajar a la República del Congo puede ser una aventura muy interesante, un viaje exótico hacia uno de esos destinos desconocidos y misteriosos que nos trasladan a un mundo de novela fantástica.

DAVID LLUCH / UNO CONTENIDOS
Bosques y gorilas en el CongoEspecialmente a nosotros, los occidentales, que somos gente de asfalto, ruido, humo y prisas, un país del África profunda como éste nos puede parecer, incluso después de poner los pies en él, imposible: selvas, amplias llanuras que se pierden en el horizonte, animales casi mitológicos como leones y rinocerontes, el ruido de la naturaleza, el aire irrevocablemente transparente, limpio de olor a monóxido de carbono y un ambiente cargado de costumbres y creencias milenarias.

Desde luego, cuando el atrevido viajero aterrice en el aeropuerto de Maya-Maya (Congo-Brazzaville), que no espere encontrar un país desarrollado y confortable en el sentido occidental de la palabra: las infraestructuras a que estamos acostumbrados en nuestro discurrir cotidiano más inmediato no las hay aquí; se ven pocos hospitales y escuelas, industrias menos, e incluso escasean los objetos cotidianos más usuales como libros, ceniceros o lámparas. Y es que uno, al recorrer las calles menos turísticas de las principales ciudades (Lubumbaski, Kisangani, Lusambo), se da cuenta que hay muy pocos comercios. En este desierto consumista son impensables los hipermercados o los centros comerciales. Cuando uno se va alejando del centro metropolitano e ingresa en la periferia irá siendo rodeado, apenas sin darse cuenta, por un universo de miseria: coches destartalados, calles sucias, niños descalzos, edificios de cemento con tejados de chapa, mercados callejeros de todo tipo de artículos de segunda mano, chabolas... completan el derruido paisaje urbano.

Pero para el turista es diferente. Él, verdadero generador de las divisas locales, es tratado entre algodones. Como en cualquier país pobre cuya principal fuente de ingresos (o una de las principales) es el turismo, la imagen externa, la que debe circular por el mundo para que otros repitan, se cuida hasta en los más mínimos detalles. El viajero europeo o americano es mimado, idolatrado, casi visto como un ser que tiene más derechos que los nativos, al que hay que situar lejos de la miseria, en un espacio virtual y edénico donde no faltan exquisitos manjares, palacios de ensueño, rutas del oro e incluso placeres permitidos y otros no tanto. Nada más bajar del avión hombres y mujeres se arraciman en torno al turista occidental para ofrecerle hoteles, taxis portes y toda clase de servicios inverosímiles.

Después, cuando el autobús contratado por la agencia de viajes nos traslade al hotel (sorprende que sea un Mercedes último modelo, con aire acondicionado, televisión, moqueta y asientos de perfecto tapizado, cuando casi ni existe línea pública de bus), tendremos la impresión de haber llegado al paraíso.

Los servicios más modernos se combinan con los decorados (literalmente decorados) más tradicionales y autóctonos. Resulta pintoresco tomar un ascensor de cristal en un edificio de techos de caña. Ya en el interior de la habitación el visitante novato descubre con agrado que ésta posee las mismas características que en occidente los hoteles de cinco estrellas: espacio amplio, televisión por cable, servicio de habitaciones, baño individual, camas confortables, aroma a ambientador de fresa, teléfono...; lo único que le recordará que está en África son los motivos de los cuadros, la pintura estridente de las paredes y algunas estatuas de madera con el rostro de dioses paganos y máscaras tribales. Porque los africanos son gente supersticiosa, y esta característica se palpa en las actitudes, en las maneras y en los decorados. Es imprescindible comprarse algún amuleto antes de abandonar el país, ya sea para la buena suerte, para la fertilidad, para la felicidad, el dinero…todos supuestamente bendecidos por algún brujo de alguna recóndita tribu. Por cierto, los balcones tienen vistas a parques con abundante vegetación, exuberante y profunda, como todo en esta tierra de contrastes para el turista.

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