Monastir, una invitación al descubrimiento

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En pleno corazón del Mediterráneo, a dos pasos de Europa, se encuentra un rincón de ensueño llamado Monastir, todo un oasis marítimo con inmensas playas de blanca arena, aguas de color turquesa y un cielo azul. Una ciudad tunecina que guarda toda la esencia árabe, pero con una adaptación a los nuevos tiempos y al grueso de turistas que acuden cada año a este oasis de ensueño. |
ÓSCAR GRIFOLL / UNO CONTENIDOS
La seducción de Monastir no es poca. Y es que este paraje tunecino es toda una invitación al viaje, al descubrimiento de sus vastas extensiones de playas doradas, de sus panoramas capaces de cortar la respiración, y con un paisaje de fondo de fascinante belleza e infinitos contrastes.
En cualquier época del año, Monastir ofrece sus mejores playas en todo su esplendor; pero también ofrece sus maravillosos paisajes naturales con toda una feria de colores. Así, entre su flora más excepcional, cabe destacar los verdes matizados de los tamarices, de los áloes, olivos y chumberas; los reflejos dorados de las buganvillas, el púrpura de los hibiscus, el azulado de los geranios o las notas blancas de los jazmines. Toda una paleta admirable de colorido.
Monastir viene a ser una ciudad de contrastes, un microcosmos de la propia Túnez, un país que no puede dar la espalda a su esplendoroso pasado, pero a la vez de un modernismo que se unen en una feliz y atractiva simbiosis. Así, centros neurálgicos de Monastir, como el viejo barrio de Chraga, ha sido completamente restaurado y se ha abierto una avenida plagada de terrazas y bares donde se puede degustar el típico té a la menta o los refinamientos de la cocina tunecina. Un barrio que se ha convertido en el corazón latente de Monastir.
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