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Nueva Zelanda. Volcanes dormidos, antiguos glaciares y playas de arena negra

Detenerse en Kiakoura para observar las ballenas, delfines y focas, escuchar al peculiar "brujo" que en la plaza de la catedral de Christchurch lanza discursos a todo el que le preste atención o visitar el Fiorland, parque nacional de hermosas montañas, lagos y bosques, son sólo unos pocos ejemplos de lo que Nueva Zelanda tiene que ofrecer a sus visitantes.

PILAR MUÑOZ / UNO CONTENIDOS
Un espectáculo que continúa cuando descubrimos la magia que esconden ejemplares milenarios de árboles de kauri, auténticos monumentos de la naturaleza que, desde la altura, desafían a todos aquellos que se acercan a contemplarlos. Su carácter rebelde lo han heredado, sin duda, de los habitantes de este país, nacidos del mestizaje entre antiguas tribus de la Polinesia y aventureros británicos. Al menos, eso explicaría por qué Nueva Zelanda fue el primer país del mundo en reconocer el derecho de voto a la mujer en 1893.

"Tierra de la blanca nube" o Aotearoa, este es el nombre que los maoríes pusieron a Nueva Zelanda cuando llegaron por primera vez a sus playas hace más de mil años. Cuenta la leyenda que acudieron embarcados en siete canoas procedentes de diferentes lugares de la Polinesia.

Durante siglos fue un paraíso aislado donde el hombre y la naturaleza vivían en una simbiosis perfecta. Sin embargo, el progreso no tardó en llegar de la mano de los primeros exploradores que se interesaron por esta espectacular reserva natural. En 1642 fue el holandés Abel Tasman. Sin embargo, tuvieron que pasar más de cien años para que alguien se tomara la aventura realmente en serio. Fue precisamente el capitán británico James Cook quien realizó tres viajes a las islas, el primero de ellos en 1769. El 6 de febrero de 1840, el Reino Unido firmó con varias tribus maoríes el Tratado de Waitangi. En este documento los británicos se comprometían a proteger las tierras de los maoríes siempre y cuando ellos reconocieran las leyes inglesas. Nueva Zelanda pasaba así a formar parte de la Commonwealth, del gran imperio británico.

Con el paso del tiempo, los nuevos asentamientos de europeos en las islas acentuaron el enfrentamiento entre ambos grupos. Pese a ello, Nueva Zelanda ha sido siempre un país con carácter y uno de los más avanzados en el plano social. De hecho, fue el primero en el mundo en reconocer el derecho de voto de la mujer (1893), en adoptar un sistema de pensiones (1898) y en poner en marcha un programa para cuidar a los niños (1907). Igualmente, fue alumno aventajado a la hora de hacer que las personas mayores, las viudas y los huérfanos pudieran beneficiarse de la seguridad social, así como en reducir la jornada laboral a cuarenta horas semanales y en introducir un subsidio por desempleo y un seguro médico (1938).

Con estos antecedentes de lo único que podemos estar seguros es de que cruzar el Atlántico, sobrevolar los Andes y el continente Antártico y atravesar el océano Pacífico para llegar hasta Nueva Zelanda vale la pena. Como mínimo es una oportunidad única para descubrir un país de una impactante belleza natural, un patrimonio cultural diferente y una manera de vivir que se contagia apenas se aterriza en esta isla llena de contrastes.

Nueva Zelanda está compuesta por dos islas grandes y varias pequeñas. La Isla Norte tiene un clima templado y volcanes activos, mientras al sur se sitúan grandes montañas con glaciares y lógicamente, un clima más frío. El contraste en su forma más pura.

La isla del Norte
La primera parada obligatoria es Auckland -en la isla del Norte-, la ciudad más grande del país, por delante, incluso en cuanto a número de habitantes, de la capital del país, Wellington. Es también el principal centro industrial, además de ser la que cuenta con la mayor población de origen polinesio de toda Nueva Zelanda. Sin embargo, este animal cosmopolita no ensombrece en ningún momento la belleza natural en la que la ciudad se asienta: en primer plano el golfo de Hauraki, más allá el océano Pacífico, y donde apenas alcanza la vista, con centenares de islas y salvajes playas de arena negra. No hay que olvidar que cada año la Copa América atrae hasta la bahía de Auckland a los mejores marineros del mundo. Un trasiego al que hay que unir las más de ochenta mil embarcaciones que normalmente se encuentran amarradas en el puerto.

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