Hace tiempo que pienso en ellos, esos personajes anónimos que nos sirven un café, nos reparan la lavadora y que tienen a veces la humanidad suficiente para abstraernos durante unos minutos de la rutina, ya sea con una tranquila conversación, un amable halago o, por qué no reconocerlo, un mutuo e inofensivo coqueteo. ¿O no?
He de declarar que mis relaciones con el sector servicios han sido siempre excelentes. Tengo muchos momentos buenos que agradecer a esas personas que trabajan dando un servicio al público.
Con los camareros puedo afirmar que han sido en más de una ocasión ese momento de paz y tranquilidad que en algunos momentos del día necesitamos y que son difíciles de hallar. Ellos generalmente no hablan de sí mismos ni una entra en demasiadas confidencias personales. Normalmente son aquellas conversaciones livianas, sobre temas amplios como la economía, el clima, lo mal que está el aparcamiento en aquella zona o lo bonito que es su pueblo. En más de una ocasión una acaba tomando notas de cómo llegar a él, dónde comer y dónde dormir. Incluso una vez me dieron el nombre de un par de paisanos para que los saludara y les diera recuerdos de su parte.
Los que sí me han contado su vida, sus problemas o sus alegrías con una naturalidad pasmosa son los taxistas, de tal forma que aún recuerdo a uno de ellos del que me despedí insistiendo que debía ir al médico, ya que esos calambres que tenía en los pies no podían ser nada bueno, y que debemos cuidarnos y no dejarnos llevar por la desidia, mucho menos con nuestro querido y único cuerpo. Puedo asegurar que mi preocupación era real, y su sonrisa agradecida también.
Con este sector reconozco que debo tener una atracción especial, y que casi siempre han sido ellos los que han vaciado su corazón ante mi cauteloso silencio. Sólo una vez vacié, literalmente, mi alma con un torturado conductor. Digo torturado porque aquel hombre tuvo la mala fortuna de recogerme en un día que lo único que era yo capaz de ofrecer eran mis lágrimas desconsoladas por un amor que no pudo ser. Ese llorar abundante, silencioso y aplastante se instaló en el coche de un hombre que al llegar a mi destino sólo se atrevió a preguntarme:
-"¿Señorita, está usted bien?"-
Yo, entre sollozos le contesté que sí, que estaba bien. Recordaré toda la vida la ternura que me produjo la preocupación de aquel desconocido, lo que me devolvió por unos segundos la fe en mi futuro.
Otros sectores han dejado en mí, cuando menos pintorescos recuerdos. Por ejemplo aquel repartidor de bombonas de butano con el que un año por Navidad quise ser amable y al felicitarle las fiestas le alargué la mano y él, haciendo uso del conocido refrán, se tomó algo más y me estampó un par de sonoros besos. Esto no tendría más importancia si no fuera porque la siguiente vez que requerí sus servicios pretendía despedirse de la misma forma. Le recordé que ya no era Navidad.
Los albañiles son otro sector en el que cuento con gran aceptación, algunos incluso se toman descansos para fumar un cigarrillo en mi balcón al tiempo que aprovechan para contarme lo posesiva que era su antigua novia, y lo liberales y tolerantes que son ellos, sobre todo si tuvieran una novia tan simpática e independiente como yo, porque eso ¡salta a la vista!.
A pesar de hilarantes momentos, he de reconocer que en más de una ocasión esos hombres han provocado en mí un aumento de autoestima y en algunos casos hasta han provocado que mi imaginación volara vertiginosamente, lo que me hace intuir que esos chistes sobre el butanero, el cartero o el electricista no sólo son leyendas populares.