Se sabe que la pérdida de la visión puede producir distintos grados de sufrimiento psíquico, indudablemente mayor que el relacionado con otras formas de deterioro sensorial. En un estudio comparativo en varones jóvenes, los síntomas depresivos fueron más comunes entre los ciegos que entre los sordos. En otro estudio realizado en pacientes con ceguera adquirida, se observó humor depresivo en el 90% de los casos, acompañado por una serie de síntomas depresivos típicos tales como el insomnio, pérdida del apetito, aislamiento social, pérdida de la autoestima, llanto e ideas suicidas. La situación empeoró cuando la sintomatología psicopatológica se volvió crónica. A lo largo de cuatro años, el síndrome depresivo-ansioso persistió en más del 50% de los casos, indicando que la causa inicial no había sido resuelta.
La sordoceguera es una discapacidad multisensorial que impide a la persona valerse de los sentidos del oído y de la vista, aunque no necesariamente ha de ser una pérdida total de los dos sentidos. El principal problema cuando se habla de una ausencia sensorial son sus consecuencias. La inserción social no es fácil en el caso de los sordociegos ya que deben de buscar una forma de comunicarse a través del tacto, por medio de sistemas dactilológicos, letras mayúsculas, tablillas y braille.
Existen dos tipos de sordoceguera, la congénita y la adquirida. La congénita aparece antes de desarrollarse el habla. Una de las causas de esta imposibilidad está en las infecciones víricas maternas como, por ejemplo, la rubéola, la meningitis o sífilis.
La sordoceguera también puede ser adquirida. Es el llamado síndrome de Usher, que es una enfermedad congénita, hereditaria y recesiva. Se nace con ella, pero los problemas aparecen más tarde.
El síndrome de Usher se manifiesta en personas con sordera profunda de nacimiento. Los problemas de visión aparecen entre los ocho y los doce años. Se puede dar el caso también de personas con pérdida auditiva entre moderada y severa y que presentan problemas de visión en la adolescencia.
La menos probable aparece en niños que de pequeños oían y veían bien hasta que pasan unos años. La pérdida de la visión se produce por una enfermedad denominada "Rentitis Pigmentaria".
Siempre se ha relacionado una pérdida de los sentidos con la edad. Si se dice que ser joven no es fácil, debemos de imaginarnos qué debe de pensar una persona de la tercera edad, propensa a sentir la huella del paso del tiempo y del trastorno sensorial del tacto, de la vista o del oído.