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El tacto no es el mismo en una persona de avanzada edad que en un joven. La piel se hace más vulnerable y no sólo por las arrugas, sino por la reducción de células pigmentadas. Envejecer es perder el pulso lógico de la epidermis, que pierde espesor y se va adelgazando. Es el momento de la resignación o del cosmético, que valorando su eficacia puede hacernos retrasar el envejecimiento de la piel del cuerpo y a su vez nos hace recuperar un sentido tan perdido y desprotegido como es el tacto. Con el gusto y el olfato pasa lo mismo. Con la edad hay una pérdida perceptible de la capacidad de estos sentidos.
La pérdida de sensibilidad normal para el gusto comienza a los 40-50 años entre las mujeres, y sobre los 50-60 en los hombres. La percepción sensible del sabor dulce y salado se deteriora primero o en su caso, antes que el amargo y el ácido. Después de los setenta años el olfato es menos apreciable. Todo en la vida tiene una educación y nosotros desde pequeños podemos retrasar y limitar estas pérdidas sensoriales del natural envejecer.
La importancia del olfato está fuera de toda duda. El simple olor de una flor describe y acentúa nuestros sentimientos. Las pérdidas de funcionalidad de la pituitaria tienen una importancia bioquímica de primer orden. La falta del gusto o del tacto no acarrea reacciones tan dispares como la falta de oído y sobre todo de la vista.
Reacciones ante la ceguera
En un estudio realizado en pacientes con retinopatía diabética progresiva, reveló que los que tenían ceguera total exhibieron una reducción en la sintomatología psíquica con las técnicas de rehabilitación. En cambio, éste fue mayor en los individuos con visión parcial persistente. Otro punto de referencia importante para los pacientes es su familia, la cual puede mostrar cuatro reacciones diferentes: negación, rechazo, aceptación o sobreprotección.
Mientras que se han descrito divorcios o problemas familiares debidos al deterioro visual en las etapas tempranas de la enfermedad, la integración y la aceptación familiar resultan menos dificultosas en las familias con antecedentes de ceguera.
En Australia se hizo uno de los estudios más sorprendentes a la vez que curiosos. Para entender las consecuencias más directas en alguien que es sordo o ciego se recogieron datos de forenses y policías acerca de los suicidios que se produjeron en Australia durante 1990 y 1997.
Se identificaron doce casos de suicidios en personas con deterioro visual y siete con problemas de sordera. Uno de los pacientes presentaba problemas en ambos sistemas sensoriales, pero fue incluido en el grupo con deterioro visual, dado que el suicidio ocurrió poco tiempo después de que la persona comenzara a perder la vista. La edad promedio de los individuos con deficiencias visuales era la misma prácticamente que la de los que padecían trastornos auditivos.
El miedo más notorio es el de la perdida progresiva de la vista. A estas terribles consecuencias se pueden unir ciertos trastornos mentales. Las cifras de sordociegos se han estabilizado en los últimos años. Se considera que existe una proporción de 15 personas por cada 100.000 habitantes.