¿Cómo me adapto a los cambios? |
Cuando hablamos de los adolescentes nadie duda que el joven, en pleno proceso de cambio, debe pasar por una ineludible crisis, que una vez superada le permite conocerse mejor para poder entrar así en el llamado mundo de los adultos. Pero cuando hablamos de crisis en la edad madura, especialmente de la de los 40 años, se interpreta, generalmente, como algo más traumático y menos natural. El hombre entra en un profundo proceso de cambio que pasa por el análisis exhaustivo de la mayor parte de su vida. Los cuarenta son época de balances y los resultados no son nunca completamente satisfactorios, no por nada en especial, sino por esa característica innata del hombre de nunca estar contento consigo mismo. Esa "crisis de los 40" hace que el hombre retome temas o cosas que no pudo resolver a los 20 ó 30 años.
Los cambios físicos preocupan, sobre todo en esta etapa en la que aparecen diversos signos de envejecimiento: desde la dificultad para mantener la línea hasta la calvicie, y sin pasar por alto las afecciones específicas de esta edad, como las circulatorias y artríticas. Para contrarrestar este aterrador paso de los años, hay quienes encuentran una fórmula: el estallido de actividad. Tener la agenda a rebosar de compromisos y obligaciones es la mejor excusa. Por supuesto cualquier actividad deportiva siempre sienta bien. De la misma manera que buscar la proximidad de alguien más joven que ayude a revitalizar una vida sexual estancada.
¿Cómo adaptarse a los cambios?
Empleados que proyectan instalar su propio negocio, profesionales que se hacen autónomos, abogados que se vuelcan a la actividad política. Estas son algunas de las actitudes que corresponden a los personajes que andan por los 40. ¿Por qué? Porque quizá ese hombre comprende que es el momento de tratar de lograr lo que no consiguió hasta ahora. "Es mi última oportunidad", piensa.
La ambición económica no es el único factor que promueve tales actitudes. La velocidad de marcha hacia los objetivos es una constante que se da a esta altura, sin que dependa de su status económico y social. En lo íntimo, siente que quedaron atrás una cantidad de cosas, que ya no le queda tanto tiempo por delante. No obstante, tiene una recompensa: utilizar la experiencia capitalizada para así ratificar el significado profundo de la popular frase: "La vida empieza a los 40".
Verdades y mentiras
La crisis de los 40 es más que una realidad, sin embargo, hay quienes se dedican a negar que existe. Entre ellos los norteamericanos, especialistas en ese extraño deporte de nadar siempre contra corriente. Durante diez años, la Fundación MacArthur estuvo siguiendo el comportamiento de 3.000 americanos en el ecuador de sus vidas para llegar a la conclusión de que los mitos sobre los 40 son simples mentiras sin base sociológica.
Según este estudio, nueve de cada 10 americanos entre los 40 y los 60 no habían abandonado a sus parejas, ni habían decidido marcharse de casa, ni echarse una amante veinte años más joven. Respecto a la salud, el 70% se consideraba en un "excelente" estado de forma, y la gran mayoría no sabía lo que eran la artritis, los dolores de espalda, la alta presión sanguínea y otros males asociados al envejecimiento. El estrés y la depresión afectaba tan sólo al 20% de los encuestados. En líneas generales, los cuarentones americanos afirmaban sentirse más satisfechos consigo mismos que cuando tenían 30 y tantos, con un mayor control de su vida personal y financiera, más preparados para afrontar situaciones de estrés y para saborear las recompensas emocionales.
De esta manera parece ser que en Estados Unidos lo que mantiene vivo el tópico de la crisis de los 40 son las excepciones a la regla. De hecho, el estudio de la Fundación MacArthur llegó a detectar incluso una "sobredosis de optimismo" entre los cuarentones americanos. Siete de cada 10 reconocen estar por encima de su peso ideal, la mayoría de los fumadores no tiene la menor intención de dejar el vicio y tan sólo el 23% se preocupa activamente por su salud. Tal vez lo único que muestra este trabajo es que los norteamericanos cuarentones están completamente desconectados de la realidad y que no son conscientes de sus limitaciones. Pero al menos, han encontrado la manera de disfrutar sin ser esclavos de las cremas y tintes rejuvenecedores, de la báscula y del gimnasio más cercano.