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Una mente racional y otra emocional
Todos los autores citados habían cifrado sus esfuerzos en descubrir la importancia de la vida emocional. Ciertamente no eran los primeros en enfatizar este extremo: ya Aristóteles en su "Ética a Nicómaco" y otros pensadores antiguos como Séneca o Epicuro había abundado en ello. La fuerza de la vida emocional, como rémora o acicate, siempre había estado presente en la filosofía, hasta en los autores más modernos, pero habíamos tenido que esperar hasta el presente para apoyar las teorías al respecto en sólidas bases neurofisiológicas y estudios científicos de la más diversa índole.
Pronto se llegó a la conclusión de que las personas tenemos dos mentes: una que piensa y otra que siente. Ambas no son sino dos formas fundamentales de conocimiento que interactúan en nuestra vida. La proyección de nuestros afectos sobre nuestras actitudes incide más, sobre el éxito o el fracaso que podamos alcanzar, que la mera posesión de un buen cociente intelectual.
Cuando el "tonto" es el "listo"
Todos conocemos historias de personas que, tras haber culminado una vida académica brillante, han llevado luego una existencia gris. No pocas veces hemos escuchado expresiones como estas: "tan listo en el aula y, en cambio, tan mediocre en la vida". O por el contrario: "¡Quien lo iba a decir! En clase siempre fue un desastre y hay que ver qué camino ha sido capaz de abrirse". El éxito en los estudios, o lo que es lo mismo, el cociente intelectual tal como ha venido siendo concebido no es garantía de éxito en la vida; éste deriva de otras variables que se engloban dentro de lo que hemos venido a conocer como inteligencia emocional.
En ella distinguimos un carácter y unas bases neurológicas mucho más primitivas que la capacidad discursiva y su influencia vital es de primer orden. Como objetivo de la misma podemos considerar dos grandes ámbitos: la forma cómo nos relacionamos con nosotros mismos y la interacción que sostenemos con los demás y el medio que nos rodea. La gestión de la propia vida emocional, nuestros sistemas de motivaciones, el empuje con que solemos dinamizar nuestras iniciativas, el trato que dispensamos a los otros, las alianzas o las antipatías, etc. que somos capaces de generar, derivan básicamente de nuestra inteligencia emocional.
No hemos recibido una educación emocional
Nadie puede prescindir de sí mismo ni de los demás y, en cambio, nuestra educación se ha cifrado en el buen aprendizaje de las típicas disciplinas académicas, obviando la vertiente más vital de todo ser humano. Hoy surge la imperiosa necesidad de hacerlo. Tanto en los programas escolares como en el seno del propio hogar, la alfabetización emocional debe redimensionar numerosos planteamientos en aras a nuestra felicidad y crecimiento global como seres humanos.