Un momento, también, de obligado balance de los logros alcanzados y de reconocimiento de las mujeres que nos precedieron en esta labor de todas. Una oportunidad de elaboración de propuestas y estrategias de acción para, desde lo conquistado, avanzar en un camino que no admite regresión.
Sin duda, esta oportunidad de valoración nos hace abundar en la reflexión sobre las contradicciones que nos acompañan. Este camino no tiene posibilidades de regreso, pero ¿a dónde nos conduce? Construimos hacia objetivos de igualdad desde la conjetura de que ello es virtualmente emancipatorio para el conjunto de las mujeres y, no obstante, hasta el momento no se vislumbra una mejora de nuestra situación social ni nuestra calidad de vida.
Nos incorporamos al ámbito de la participación en lo público desde el obstáculo que supone su diseño por y para el género masculino. Hemos de encajar en un sistema de valores diferentes a los que constituyen nuestro bagaje histórico y, en donde los nuestros son considerados de segunda categoría, cuando no inadecuados. Ello nos procura nuevas y más sutiles formas de discriminación.
La lucha por hacer valer los méritos que nos significan, nos sitúan en posición de “demostrar”, en lo público, lo que se les supone a los varones, sin opción de compartir en el espacio de lo privado. El efecto es una jornada, sin fin, en la que se superponen las responsabilidades y la frustración de ser conscientes de cubrir ambos espacios de forma insuficiente.
Reconocemos, no obstante, que esta incorporación a lo público y, fundamentalmente a la educación y el empleo remunerado, ha supuesto para nosotras –respecto a una situación previa, no tan lejana en el tiempo– grandes avances a los que no podemos, ni queremos, renunciar.
Ellos suponen la plataforma básica sobre la que construir para las nuevas generaciones, para las que estamos obligadas a responder de nuestros actuales cuestionamientos.
Las teóricas feministas (no hay un feminismo sino varios) han ido elaborando nuevos paradigmas sobre los que reflexionar e intervenir y, aún cuando dan lugar a diferentes corrientes de mayor o menor complejidad, todas parten de un lugar común sobre el que queremos abundar.
Nuestra sociedad actual está construida sobre un pacto de división sexual del trabajo, histórico y tácito, que ha adscrito al género femenino a lo privado y al género masculino a lo público, al tiempo que ha dado prevalencia a este último sobre aquél, al que considera subsidiario, al igual que a quienes, en ese pacto, han de desempeñar las tareas que genera.
Parecía, hace no muchos años, que todo cuanto ocurría entre hombres y mujeres eran hechos de la propia naturaleza, contra la cual no había nada que hacer. Precisamente el feminismo ha evidenciado que esas relaciones son culturales, es decir, artificiales, producto de la educación. Esto supone la seguridad de que igual que un día se impusieron, pueden desaparecer el otro.
Esta realidad, no obstante, ha supuesto para las mujeres un proceso doloroso de deconstrucción de nuestra identidad. El propio cuestionamiento del orden patriarcal es, al tiempo, vivencia y fruto de ese intento de redefinición de nuestro papel social, desde el conflicto entre la conservación y el cambio que marca nuestra experiencia en el ámbito de la vida cotidiana. Pagamos el precio de todo proceso de innovación, donde lo antiguo no acaba de morir y lo nuevo aún está por crearse.