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El modelo masculino dominante queda deslegitimado por la mitad de la ciudadanía

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Esta necesidad de desmontar, desaprender y dotarnos de una nueva identidad en torno a un paradigma distinto, ha propiciado un cambio de mentalidad que conlleva la aparición de nuevas reivindicaciones. El modelo masculino dominante queda deslegitimado por la mitad de la ciudadanía.

Cuestionamos la supremacía del tiempo de trabajo remunerado sobre los otros tiempos: tiempo doméstico, tiempo para los demás, tiempo propio. Reclamamos más libertad y solidaridad en el uso de los tiempos.

Desde la diversidad que compone el colectivo femenino (las jóvenes que viven un tiempo de tránsito, las mujeres que tienen su tiempo completo, las mujeres sin tiempo propio y las que buscan el tiempo perdido) se reclama un nuevo modelo social.

El feminismo ha elevado a públicos los cuestionamientos básicos del patriarcado, demostrando la decadencia de un modelo ideológico que está agotado. No obstante, las batallas por objetar la actual división del trabajo en función del género, la lucha por el derecho al aborto, la reivindicación de una enseñanza no sexista, de la igualdad en el acceso y la promoción en el empleo, la permanente denuncia de las agresiones a mujeres, la constante puesta en evidencia de una hipócrita moral sexual, sólo son líneas de trabajo que, de no ir más allá, podrían quedar en meras reformas de lo dado.

Tampoco los hombres se encuentran muy cómodos en una situación en la que, aún cuando siguen ostentando el poder de decisión sobre cuestiones que afectan a la totalidad del género humano, este se produce en un espacio en el que no sirve la representación del papel tradicional del varón. Son conscientes de mantener un sistema de valores no legitimado por toda la población y se enfrentan, con inquietud, a un nuevo modelo al que se sienten arrastrados.

En ocasiones –quizá por deformación sindicalista en esta relación de hombres y mujeres, se encuentran paralelismos con una supuesta gran mesa de negociación en la que las partes –los géneros han de conciliar objetivos. Toda reivindicación del género femenino es considerada por la contraparte como una pérdida de derechos adquiridos.

Una negociación mal enfocada. Es preciso deconstruir un pacto que se produce para un momento histórico y cultural concreto y que, permaneciendo prácticamente inalterable en el tiempo, pretende dar respuesta, hoy, a un espacio y un tiempo diferentes, en el que es inviable la gestión unilateral del mundo por parte de uno solo de los representantes de la especie humana.

Por ello, hablemos de reorganización en esa mesa. Precisamos un nuevo orden social desde el consenso de las partes. Un nuevo modelo capaz de reunir ambas perspectivas y, por tanto, sin el defecto de parcialidad que el modelo actual padece.

Esto supondría cambiar completamente el modo de organizar y concebir el tiempo, la convivencia. Requiere, más allá de la asunción de nuestros valores en el ámbito de lo público o de los masculinos en el privado, la propia desaparición de la división pública o privada, dando lugar a la corresponsabilidad de la totalidad de la especie humana en la consecución del conjunto de los objetivos de convivencia comunes.

Ningún derecho que ganar o perder figura en este proyecto.

Desde el cuestionamiento de la generalidad del orden establecido sólo cabe construir mejoras en la relación entre los géneros. Aún cuando las fases de construcción del nuevo modelo social se han de superponer, todos los temas deben formar parte del proyecto. Su riqueza ha de proceder de la diferencia de los enfoques de los géneros, que no de la desigualdad entre ellos.

Bien es cierto que el motor que ha de propiciar la asunción del proyecto –quienes han de sentar a negociar a la otra partehemos de ser las mujeres. Para ello debemos situarnos tanto en clave de necesidad como de posibilidad, y no de mera utopía.