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El éxodo rural ha convertido en "urbanitas" a miles de españoles

A partir de los años cincuenta el aumento de la población urbana, generó una gran demanda de viviendas en la ciudad. Muchísima gente emprendía en aquellos años un éxodo que les conduciría desde el pueblo, espacio rural y agricultor, hacia la emergente ciudad industrializada convirtiéndose así en "urbanitas". Algunas regiones se vaciaron, desaparecieron artesanos y comerciantes, incluso las escuelas cerraron por falta de alumnos. Concretamente en España, la población agrícola activa se redujo en más de la mitad entre 1940 y 1974.

REDACCIÓN / UNO CONTENIDOS
Pueblo abandonado
El despoblamiento rural en España es, según los grupos ecologistas, ciertamente grave.
La situación en España es, según los grupos ecologistas, ciertamente grave en este sentido. No se ha conseguido frenar el abandono y el despoblamiento de los pueblos, no se interponen medidas para rejuvenecer su población ni se impide que los jóvenes sigan emigrando ante la falta de perspectivas de futuro.

La agricultura sí se ha consolidado como un sector estratégico de primera magnitud a nivel mundial, pero el número de empleos en el sector disminuye de forma imparable.

En la búsqueda de una explicación que justifique el éxodo de población del medio rural a la ciudad surge una pregunta clave: ¿Qué lleva al ser humano a ciudades en las que el aire está más contaminado con gases de escape e industriales y en las que las aguas servidas y la basura son "eliminadas" a costa del entorno?

Probablemente, el hecho de que las posibilidades de supervivencia sean mejores que en el campo y el propio descuido del desarrollo rural forzaron esta situación. La revolución industrial propició, entre otros muchos fenómenos, la emigración del campo a la ciudad. Millones de personas en todo el mundo se echaron la manta al hombro y abandonaron sus pueblos en busca de un puesto de trabajo y de unos servicios, como la educación o el trabajo, que no estaban disponibles en el campo y que la ciudad sí ofrecía.

El crecimiento traumático y apresurado de las urbes tuvo como efecto inmediato una brutal densidad de población, con los consiguientes problemas de polución, ruido, tráfico y estrés. Pero antes de producirse la gran eclosión urbana, el medio rural siguió perviviendo gracias a la agricultura, que sustentó a los pequeños pueblos mientras pudo.

Pasó el tiempo, y la época en que la producción se destinaba al consumo familiar o local quedó olvidada para pasar a pensar en términos de mercados nacionales e internacionales. Las técnicas de cultivo evolucionaron y la mecanización permitió lograr considerables aumentos de productividad.

En todo este entramado, la crisis demográfica sería el ineludible reverso de la moneda. La atracción ejercida por las ciudades y las cada vez más reducidas necesidades en mano de obra de la agricultura precipitaron el éxodo rural, el despoblamiento que, en algunos casos, desembocó en la desertización.

Muchos pueblos fueron quedándose sin infraestructuras ni comercios, desaparecieron los artesanos, las tradiciones... Se cerraron escuelas por falta de alumnos, incluso algunos pueblos fueron totalmente abandonados.

Para concretar, entre 1940 y 1974 la población agrícola española se redujo en más de la mitad, pasando del 52% al 23%.

Un grandísimo declive de población que perdura y que ha provocado la aparición de diversos programas gubernamentales destinados a la recuperación y utilización de pueblos abandonados mediante los que se intenta contribuir activamente a la conservación y mejora del patrimonio cultural y natural.

Éxodo masivo
El masivo éxodo del campo a la ciudad ha sido el artífice de la despoblación de muchos núcleos rurales. La corriente migratoria era en España un fenómeno destacado ya desde la Primera Guerra Mundial, aunque existía anteriormente con un volumen ciertamente escaso y localizado exclusivamente en la región mediterránea. Desde 1880, existía una migración rural procedente sobre todo de Aragón, Valencia y Murcia hacia la zona industrial catalana, que la absorbía en su totalidad. Madrid también atraía al flujo migratorio, pero no podía integrarlo totalmente por carecer de industria en aquel momento.

A partir de 1914, las migraciones interiores se aceleraron debido a las crisis de las regiones agrícolas y a la demanda de mano de obra industrial por parte de los núcleos urbanos. El sentido de la emigración es claro: se emigra de los núcleos más pequeños hacia los más extensos. La corriente migratoria del campo a la ciudad ha sido determinante en las migraciones interiores. En 1900, la mitad de los españoles vivía en núcleos de hasta 5.000 habitantes y las tres cuartas partes en localidades de hasta 20.000; en 1991, los porcentajes habían descendido al 15% y al 40% respectivamente. Por otra parte, la concentración en núcleos de más de 100.000 habitantes ha pasado del 8'9% al 45% entre estos dos períodos. El grado de concentración urbana y, por consiguiente, de éxodo rural, ha sido espectacular.