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(página 2/2) ... viene de "Muchas películas son porciones de vida, las mías son trozos de pastel", dijo en alguna ocasión Hitchcock. El cineasta se consideró siempre un maestro de ceremonias que dirigía el espectáculo que divertiría, estremecería, haría temblar y además mantendría entretenidos a los espectadores. Para los franceses era un director amateur, el responsable exclusivo de la película, su creador, por así decirlo. Para los americanos, siempre fue el maestro paradigmático del suspense, el hombre que elevó el estremecimiento hasta alturas insospechadas, el majestuoso maestro del grito involuntario. La actual generación conoce a este director por sus obligados cameos en sus películas y por sus comedidas, ingeniosamente sarcásticas y calculadamente inexpresivas presentaciones de programas televisivos durante ocho años. Pese a todo, siempre seguirá siendo un personaje huidizo, no importa lo bien que se crea conocerle. "Compito contra mí mismo", conjeturaba con tristeza. En varias ocasiones dijo: "Mi amor por el cine es mucho más importante que cualquier consideración moral". De hecho, en todas sus películas están presentes los conceptos del pecado, la culpa, la retribución y la repetición. No obstante, la reputación de Hitchcock como un director innovador era incuestionable. Su habilidad para filmar los propósitos y hacer de ellos imágenes inolvidables, dejó en la audiencia mundial impresiones subliminales de sexo, asesinato, miedo y tensión. Por eso, al cumplirse un siglo de su nacimiento, el público lo sigue recordando como el rey del misterio. Anécdotas
Otro caso muy recordado fue aquel en que unió las muñecas de una pareja de actores con unas esposas, para ensayar una breve secuencia, y los dejó atados durante horas; incluso tuvieron que ir juntos al baño. Luego ellos descubrieron que Hitchcock estuvo merodeando todo ese tiempo, e incluso llamó a otros para que se divirtieran con la embarazosa situación en que los había puesto. Hasta su única hija, Patricia, recibió una dosis del sadismo de Hitchcock: en una ocasión le permitió subir a una silla giratoria que simularía un parque de atracciones en una película. Cuando la joven llegó al punto más alto que podía alcanzar la silla, Hitchcock ordenó apagar la máquina y las luces, y se fue a dirigir otra escena y dejó a su hija en total penumbra, asustada e histérica, durante más de una hora. Hitchcock le transmitía un miedo real a los actores de sus películas, como lo demuestra la anécdota de Janet Leigh, la protagonista de "Psicosis". "Él disfrutó haciéndome sufrir. Cuando estábamos filmando Psicosis, él experimentaba con el cadáver de la madre. Un día, cuando regresé del almuerzo, abrí la puerta del camerino y en mi propia silla estaba esa horrible monstruosidad. Por mis alaridos, decidió que fuera ése el maniquí que se usaría". La intriga se convirtió en el elemento fetiche del director, sabiamente camuflado algunas veces bajo la apariencia de melodrama, como ocurría en "Sospecha", "La sombra de una duda" -una de las películas favoritas del propio maestro- "Recuerda" o "Encadenados". La constante búsqueda de nuevos caminos del lenguaje del cine le llevaron a realizar más de un "tour de force" narrativo por el capricho de autosuperarse: "Náufragos", en la que el desafío consiste en que toda la acción se desarrolle en un bote salvavidas o, sobre todo, "La soga", rodada en un único plano secuencia que se corta sólo en las ocasiones en las que se debía cambiar la bobina. A mitad de su carrera, ya con plena experiencia en el cine de suspense, rodó la inquietante "Extraños en un tren", basada en una novela de Patricia Highsmith. Tres años después estrena "La ventana indiscreta", filme que no fue muy bien acogido por el público en su momento, aunque se ha revalorizado con los años hasta convertirse en uno de los títulos emblemáticos del director londinense. En 1958 llegó "Vértigo", considerada por algunos críticos como su obra más sugerente y compleja. A partir de ahí el listón está tan alto que ya sólo puede rodar obras redondas, como "Con la muerte en los talones", "Psicosis", "Los pájaros" y "Marnie, la ladrona". Su compleja personalidad, oscura e impenetrable, no sólo quedó patente en los filmes que dirigió, sino también en los de sus imitadores. Con su muerte se llevó a la tumba ese secreto que perseguían los herederos de su tradición: esa capacidad única para sublimar lo banal.
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