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Bajo la máscara del día y la noche

La juventud se mueve en los primeros pasos del siglo XXI entre una corriente curiosa de contradicciones. Una doble vida que transcurre entre el comportamiento a modo de promesa de los días laborables, como un Dr. Jekyll cualquiera; mientras que los fines de semana, tras las debidas obligaciones, da paso la transformación libertaria hacia un tal Mr. Hyde.

REDACCIÓN / UNO CONTENIDOS
Mujer jovenBajo máscaras de decencia y rectitud externa puede ocultarse una vida de engaño, a modo de la doble vida que narró Stevenson con su Dr. Jekyll y Mr. Hyde y que, puede ser, no lleguen a descubrirse jamás.

Una juventud que participa de unas contradicciones enmarcadas por una vida de incoherencias coherentes, como una apariencia en el hogar familiar muy distinta a la que se ofrece ante su exposición social cada fin de semana. Muchos jóvenes, además, sufren el llamado síndrome de Peter Pan; es decir, miedo a abandonar el nido familiar. Y combinan a la perfección esa doble vida que consiste en una casi obligada imagen de buen hijo, estudioso y cumplidor de sus obligaciones sin causar demasiados disturbios familiares. Si bien, cuando llega el fin de semana, acontece la transformación hacia Hyde y demandan la capacidad de decisión sobre sus salidas.

Se espera que se porten bien con los estudios, obedezcan las normas o sean responsables. Pero también se espera un comportamiento maligno hacia el consumo egoísta, la desobediencia o tomarse la vida como un juego. Contradicciones, pues, que fomentan dos tipologías de la juventud: homo ludens (la vida es un juego) y homo videns (el aséptico tiempo que pasan frente al televisor).

La dependencia del nido familiar impide la autorrealización y la desaparición de esa doble vida. Un 92 por ciento de los jóvenes viven con sus padres entre los 15 y los 24 años. Y es que los hijos salen del hogar cuando acaban los estudios, consiguen empleo, vivienda y se disponen a formar una familia. Hasta entonces, son eternos estudiantes puesto que siguen creyendo que un título universitario va adherido a conseguir empleo.

Del silencio
El silencio y la exposición pública de sentimientos y orientación sexual son muchas veces otras marcas distintivas de la sociedad actual. La juventud, por ejemplo, se implica afectiva y racionalmente en valores como el pacifismo, la tolerancia, la ecología o la lealtad. Pero también es cierto que son reacios al compromiso, a la actividad o adhesión a las asociaciones que predican estos valores, por lo que todo se queda en un discurso bonito.

En cuanto a la inclinación sexual, todavía dominan las pautas de sexualidad que determinan la precisión de lo masculino y lo femenino a las constituciones anatómicas. La imposición, desde pequeños, de una heterosexualidad obligatoria.

Una inclinación sexual que pasa por el silencio al soltero sospechoso, el susurro del más atrevido o a la subversión que realizan los travestís. Pero una subversión que ya no se inmiscuye en la resistencia política sino en la parodia, a vistas de la sociedad, que los contempla como torcidos o desviados. Pero esto no ocurre igual cuando está en juego la masculinidad, donde ya no hay lugar para la parodia y todo se vuelve desnaturalización y sacrilegio. Este es el caso de las mujeres culturistas, cuya presencia despierta entre la sociedad reacciones de rechazo y desasosiego.

Una espiral del silencio, como determinó Noelle-Neumann, donde todavía persiste esa caza de brujas hacia los que siguen sus propias inclinaciones sexuales, aunque no se puede negar tampoco la amplitud que, en este sentido, se está dando en el campo de la homosexualidad. No sólo por las primeras parejas de hecho legalmente aceptadas, aunque todavía el mundo eclesiástico sea un motor de influencia en los tabúes sociales hacia su autoafirmación, pero los pasos que se están dando en estos inicios de siglo, por el momento, son halagüeños.