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Son la mayoría de la población, trabajan más por menos dinero, apenas tienen propiedades ni representación política y la llegada de una nueva vida supone un peligro de muerte. Las mujeres del Tercer Mundo sufren en mayor medida la injusticia y la desigualdad, pero poco a poco remontan el camino hacia un mundo más justo. Son la esperanza que nace del sufrimiento. |
MANUEL L. POY / FUNDACIÓN INTERVIDA
Entre los casos más flagrantes de violación de los derechos elementales en las mujeres podemos citar la ablación del clítoris en África, la venta y prostitución forzosa de niñas camboyanas o thailandesas o la esclavitud de niñas en las fábricas y talleres de la India. Pero son sólo los ejemplos más extremados de una situación que tiene sus raíces en la extrema pobreza de los países del sur, provocando desigualdad, hambre, explotación. El otro punto de origen es la ausencia de paz que coloca a la población femenina como principal víctima de la violencia, las desapariciones, las violaciones, la tortura y los desplazamientos.
El problema sanitario
Uno de los problemas más graves es el sanitario. Un tercio de las enfermedades de las mujeres en los países en desarrollo están directamente relacionadas con el embarazo, el parto y las enfermedades del aparato reproductor. La llegada al mundo de una nueva vida, asociada siempre a un momento feliz, a menudo se convierte en una tragedia. Según la Organización Mundial de la Salud, cada minuto muere una mujer en el Tercer Mundo por problemas relacionados por el embarazo o el parto. Como ejemplo ilustrativo sirva el siguiente dato: mientras en Latinoamérica muere por este motivo una de cada 130 mujeres, en Estados Unidos fallece una de cada 3.700. Esta situación es todavía más injusta si tenemos en cuenta que con la cuarta parte de lo que nos gastamos los europeos en cigarrillos, se podría proporcionar salud reproductiva a todas las mujeres del mundo. A pesar de este desolador panorama, en los últimos años se están produciendo cambios favorables. En los países del sur la esperanza de vida para las mujeres ha aumentado en nueve años, lo que significa un 20% más que el incremento registrado por la población masculina.
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