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Anne Geddes: la fotógrafa de los niños

Bebés dentro de maceteros, envueltos en velos transparentes, sujetos entre las manos de un hombre o rodeados de pétalos de rosas. Bebés blancos con bebés negros. Frente a su lente son ellos megadioses o el sol mismo. Regordetes, divertidos, vivos y brillantes. Anne Geddes es una suerte de fotógrafa niñera con un trabajo que bordea la publicidad, la creación contemporánea y la puesta en escena de la imagen y que apela a la simpatía más inevitablemente manipuladora: la de los bebés. Geddes lleva todas las de ganar: un trabajo técnicamente pulcro asociado a la sentimentalidad y la ternura. Es la apuesta más contundente que pueda realizarse en el mercado global en que se ha convertido este planeta afectivamente carente.

PILAR MUÑOZ / UNO-CONTENIDOS
Afiches, postales, tarjetas, calendarios, libros y cualquier otra forma gráfica impresa, páginas de Internet sin número, franelas, clubes de admiradores y otros modos de convocatoria toman las imágenes de biberón de esta fotógrafa australiana al borde de los cuarenta, bien casada y mamá, que vive cómodamente en Auckland, Nueva Zelanda, disparándole con gran éxito a sus minimodelos. Su éxito es tal que sus tarjetas se publican en más 50 países, atravesando Norteamérica, Europa, las islas británicas, Australia, Nueva Zelanda, Suramérica, y Asia. Más de 13 millones de libros además de millones de otros productos suyos no literarios se han vendido por todo el mundo.

Esta nodriza del lente se ha convertido, también, en veterana ganadora de los primeros premios del Instituto de Fotógrafos Profesionales de Nueva Zelanda desde 1990 hasta la fecha. Pero antes de ubicarse tras la cámara, Anne Geddes era una joven obsesa con el trabajo. Dueña de una boutique, laboraba en televisión, relaciones públicas y otras cosas.

Pero su esposo recibió una jugosa oferta laboral en Hong Kong hace unos 18 años. Se mudaron y en tal punto geográfico, Geddes decidió cambiar de profesión. Su relación con la fotografía hasta la fecha no había pasado de lo turístico. Sin embargo, se abocó a capturar momentos felices de bebés y niños de distintas edades. El motivo: los amaba. El punto a su favor era un par de ojos bien entrenados en detallar las fotografías de la revista Life, de la cual fue coleccionista en la adolescencia.

Después de un tiempo, los Geddes regresaron a Australia y en el garaje de una casa de la ciudad de Melbourne, Anne instaló su estudio fotográfico. Un día, su esposo mandó poner una placa en la puerta del lugar que decía: "Anne Geddes, fotógrafa". En ese momento la atareada mujer se asumió como tal y quiso diseñar otras versiones del retrato infantil.

Entre pañales y chupetes
Pero Anne Geddes no es exclusivista. Suele fotografiar personas de toda edad. Sólo que su preferencia está entre pañales y chupetes. Geddes suele trabajar principalmente con criaturas de cuatro semanas a seis meses. Son las edades más cómodas para sus propósitos. Los primeros duermen en cualquier situación. Los segundos son totalmente empáticos, creativos y sonríen fácilmente. Solamente las mamás están presentes durante las sesiones, porque son necesarias para la tranquilidad de estos diminutos monarcas. En el estudio, el bebé es el que manda y hay que ser flexible y adaptarse a sus actividades para captar los mejores momentos. Ahí está la magia, pues la disciplina les viene fatal y tratar de establecerles un guión de acciones implica el fracaso.

Todo parte de ellos. Si el bebé está incómodo, no hay nada que hacer. Salvo esperar, porque como ella misma afirma, "cuando el niño está feliz las fotos resultan excelentes. Así que hay que tener sentido del humor, atención, estar relajado y ser capaz de ser un buen compañero de juegos o el juguete ocasional del niño".

Geddes suele trabajar en las mañanas. A tales horas y en una de las hazañas más épicas que pudiera realizar, Anne reunió durante tres días consecutivos a un ejército de 123 bebés, cada uno colocado en una maceta. La mayúscula sesión de fotos necesitó de un trabajo preparatorio de tres semanas. Había incluso un médico dentro del grandísimo equipo de asistencia a los infantes. A ratos genial, a ratos infernal, en ocasiones absurdo, el trabajo resultó finalmente bellísimo, un gran invernadero donde las plantas eran sólo bebés.

Parte de los ingresos de Anne Geddes van a parar a organizaciones de amparo y beneficencia infantil, y aunque se la acusa de abusar del photoshop y otras intervenciones informáticas de la fotografía, sólo reconoce haberlas empleado cuando coloca niños dormidos sobre pétalos de flores. Cuando se le pregunta si virará algún día a trabajar otros temas suele responder que ama a los niños demasiado y que no hay razón alguna para cambiarlos.
 

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