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Imitar a los primates
El objetivo de estas dos investigadoras cuando llegaron a sus respectivas zonas de estudio era el mismo: ser aceptadas por los individuos a los que pretendían estudiar, como si fueran un miembro más del grupo. Para conseguirlo hubieron de instalarse en su hábitat, húmedo y frío, y dedicarse a observar todos y cada uno de sus movimientos, tomando notas que les ayudaran a relacionar y entender sus comportamientos.
Imitar el comportamiento de los primates es la única forma de que acepten al investigador entre los suyos. Así, Dian Fossey y Jane Goodall pasaron muchas horas de observación masticando hojas, desparasitando a otro primate y dejándose desparasitar, o rehuyendo la mirada de algún joven macho desafiante ante el que debían mostrar sumisión si no querían ser golpeadas o mordidas. Muchos, llegado este punto, abandonan tan duro trabajo. Los estudios de campo en las condiciones que presenta la geografía africana son realmente duros. Horas y horas sobre la maleza, a veces incluso varios días a la intemperie, en muchas ocasiones bajo la lluvia. Sin embargo, este es un proceso necesario para las investigaciones sobre el comportamiento habitual de los animales en su entorno natural y libre.
Fossey y Goodall analizaron las relaciones sociales que se establecían entre los integrantes de cada grupo y de los grupos entre sí, examinaron las reacciones de las hembras al tener a sus pequeños, estudiaron las relaciones de poder entre los machos adolescentes, los celos de las hembras sin hijos, las relaciones sexuales, los estados emocionales de los individuos... Y para observar todo esto de cerca no hay más que una opción: integrarse en el grupo que se estudia y, para ello, habían de aceptarlas como un miembro más. Esto sólo se consigue cuando, tras muchas horas siguiéndolos y numerosos acercamientos fallidos, un buen día, sin casi esperarlo, permiten al observador quedarse cerca de ellos.
Ese momento, "casi mágico", como suelen describirlo quienes han vivido la experiencia, marca el inicio de una interacción distinta con los primates. Una interacción que propicia, con el paso del tiempo, la aparición de sentimientos emotivos del investigador hacia el sujeto investigado y que, en ocasiones, torna más doloroso el proceso de estudio. Así, aunque ambas mujeres evitaron implicarse en la vida cotidiana del grupo de primates al que estudiaban, para no desvirtuar el método científico de su estudio, fue inevitable que nacieran, en sus corazones, los lazos de amistad, cariño y protección.
Del estudio al cariño
Tantas y tantas horas junto a los grupos de primates hicieron nacer en ellas sentimientos que rebasaban el puro estudio científico. A veces, incluso, las emociones que sintieron ante las vivencias de sus amigos, los monos, se infiltran en los relatos divulgativos que escribieron dotándolos de una humanidad que llega a emocionar al lector.
Dian Fossey, hablando de Coco, un pequeño gorila que pretendían enviar a un zoológico de Colonia, escribía: "Coco se instaló en mi regazo, tranquila por unos minutos, y al rato se dirigió a un largo banco debajo de las ventanas que dominaban las cercanas laderas del Visoke. Con grandes dificultades se subió a él y contempló las montañas. De pronto empezó a sollozar y derramar verdaderas lágrimas, algo que nunca que vi hacer a un gorila, ni antes, ni después".
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Jane Goodall, la otra amiga de Tarzán