Yo no me encontraba mal, pero mi tercera hija, Joanne, estaba enferma desde que nació. No sabía qué le pasaba. Mis primeros dos hijos estaban bien y yo me preguntaba: "¿Qué clase de hija he tenido?"
Un día la llevé al hospital. Fue el peor día de mi vida. Una asesora me pidió que me sentase y me dijo que a Joanne le habían hecho la prueba del VIH y había dado positivo. Fue un verdadero golpe para mí. ¿Dónde había cogido mi hija la enfermedad? ¿Era por mi culpa o de mi marido?
Cuando regresé a casa se lo dije a mi marido. No me creyó. Intenté convencerle para que él también se hiciera la prueba, pero se negó. Decidí ir a MSF para que me hiciesen de nuevo los análisis. El resultado fue positivo. Les pregunté: "¿Por qué? ¿He llegado al final de mi vida?''. Me dijeron: "Catherine, no vas a morir. Continúa haciendo planes. Dentro de unos meses volveremos a hacerte los análisis y, si lo necesitas, te daremos antirretrovirales. Podrás vivir una vida normal".
Ahora Joanne tiene cinco años y medio, y es una niña preciosa. Antes estaba enferma y la gente veía que era seropositiva sólo con mirarla. Cuando tenía dos años, pesaba sólo seis kilos y no podía andar. Le dieron medicamentos para tratar las infecciones oportunistas y alimentos para bebés, así que empezó a ganar peso. Al cabo de seis meses podía andar y hablar, y las enfermedades que padecía desaparecieron.
Le doy antirretrovirales cada día. Tengo que partir las píldoras por la mitad para que pueda tomar la dosis correcta. Es bastante difícil y me da miedo darle menos de lo que necesita, porque al partir las pastillas algunos trocitos pueden perderse.
Mi marido seguía sin creer que yo era seropositiva. Cuando le dije que deberíamos utilizar preservativos durante el acto sexual, se negó y dijo: "Si es así, te dejaré tranquila". Y se fue.
Una noche alguien llamó a la puerta; era mi marido. No sabía que sería él. En África se supone que debes respetar a tu marido. Para entonces, había ganado peso y estaba guapa. En realidad, es una historia triste. Mi marido se abalanzó sobre mí esa noche. Mi mala suerte quiso que me quedase embarazada. Cuando la prueba del embarazo dio positivo, lloré. Quería abortar. Pero Florence me convenció para que no lo hiciese. Me dijo que me ayudaría.
Cuando estaba casi en mi séptimo mes de gestación, mis asesores me hablaron de la Nevirapina. Es un medicamento para ayudar a que el bebé no contraiga el VIH de la madre. Debes tomarlo cuando empiezan los dolores del parto. A partir de entonces, iba a todas partes con la Nevirapina en mi bolso porque no sabía cuándo iba a dar a luz. Al final tuve suerte. Tenía miedo de morir durante el embarazo o que el bebé fuera prematuro, pero el bebé fue normal y yo estaba bien. ¡Por eso decidí llamarle Lucky Grace!
Tengo que darle antibióticos cada día hasta que cumpla los 18 meses. Entonces podrán hacerle los análisis del VIH. No se los pueden hacer antes, porque todavía tiene mis anticuerpos y podría dar positivo sin serlo.
No le di el pecho. Le di leche artificial durante los primeros seis meses. Esto también reduce las posibilidades de que yo pueda transmitirle el VIH. La leche artificial es muy cara, pero mi jefe decidió dármela porque mi sueldo no bastaba para alimentarme a mí y a mi familia, pagar el alquiler y además comprar la leche.
Ahora tiene un año y dos meses y está bien. Es normal. No contrae enfermedades como le ocurría a Joanne, ya anda y puede decir "mamá".
Ahora estoy fuerte y trabajo de limpiadora en una clínica. Parte de mi trabajo consiste en llevar muestras de sangre para las pruebas del VIH de la clínica al laboratorio. También soy yo quien se encarga de recoger los resultados al día siguiente. Es un trabajo importante: son los resultados de las pruebas del VIH de muchas personas.