Mientras Occidente consume muchos de los artículos que ellos elaboran a un módico precio, ellos consumen su existencia a marchas forzadas. |
La historia de Iqbal bien podría ser la de muchos niños del Tercer Mundo. Iqbal Masih tenía nueve años cuando durante una reunión celebrada en Pakistán por el Frente de Liberación del Trabajo Forzado, se levantó y pronunció un discurso espontáneo. Ante la sorpresa general de los asistentes, explicó como a los cuatro años había sido entregado por sus padres a su "amo" a cambio de 600 piastras y el pago de una deuda contraída para alimentar a la familia. Desde entonces no había parado de trabajar en los telares, en ocasiones, atado a ellos por haber intentado escapar o bien, por no haber cumplido con los niveles mínimos de producción exigidos. Iqbal se negó a volver con su amo y consiguió matricularse en una escuela del Frente de Liberación. Sin embargo, su libertad no duró mucho. Tres años más tarde, 120 balazos por la espalda acabaron con sus ilusiones de vivir como un niño libre.
Desde los hechos relatados han pasado casi seis años y la situación sigue siendo prácticamente la misma. Según informes de UNICEF, se calcula que en el mundo hay alrededor de 250 millones de niños que trabajan y además lo hacen en condiciones lamentables. Al parecer, es en Africa donde el problema es más grave, ya que se estima que al menos uno de cada tres niños africanos trabaja. Pero no se trata de un problema exclusivo del Tercer Mundo ya que hay países de América Latina como Haití, donde trabaja el 25% de los niños del país, seguido a escasa distancia por Guatemala, Brasil o República Dominicana con más del 16% de su población infantil empleada en distintos trabajos. El problema se agrava en Asia, donde sólo en Paquistán, ocho millones de niños menores de 14 años son explotados por sus amos en canteras, fábricas de ladrillos o en la elaboración del tabaco. Se trata, en definitiva, de un auténtico mapa de la vergüenza.
La salida de este problema no parece nada fácil. Estamos hablando de una historia que se remonta como mínimo al siglo XIX, aunque en Europa, el advenimiento de la Revolución Industrial ya provocó un flujo importante de niños y mujeres que eran contratados como mano de obra barata. No fue hasta 1930 cuando 139 países del mundo acordaron suprimir el trabajo forzado u obligatorio en todas sus formas lo que constituyó un antecedente de la Declaración de los Derechos del Niño firmada en 1959 en la ONU. En cualquier caso, no parece que la cuestión principal sea que los países que consienten la explotación infantil firmen una declaración de buena voluntad, sino que más bien, en todos estos países se da una situación con un denominador común: la cruel relación entre un opresor y un oprimido. Cuanto más cruenta es esa relación, más se presta a la explotación infantil y a unas condiciones de vida más degradadas.
Niños en Sudán
El ejemplo lo tenemos en Sudán. Miles de niños y mujeres son esclavizados en este país donde la guerra se remonta a 1955, un año antes de conseguir la independencia. Cada primavera, durante la época de sequía que suele asolar el Sur del país, las milicias asaltan multitud de aldeas, queman las casas, matan a los hombres y huyen llevándose a niños y mujeres que son secuestrados para trasladarlos al Norte donde trabajaran en las propiedades de los grandes terratenientes. Cada año son esclavizados miles de niños y niñas, las adolescentes sirven como concubinas mientras que los niños son enviados a los campos de paz. Las historias de muchos niños del Sudán, nos recuerdan mucho a la de Iqbal Masih. Ellos vieron con sus propios ojos como mataban a sus padres y una vez en el Norte se vieron obligados a trabajar para sus amos, y cuentan como recibían una paliza prácticamente a diario para forzarles a hablar árabe, una lengua que desconocían por completo.
La crueldad de esta situación ha provocado que algunas ONG occidentales hayan agudizado el ingenio para aliviar el sufrimiento de estos niños. Compran los esclavos por 100 euros para devolverles la libertad. Evidentemente, no es la solución al problema pero al menos, ha servido para dar la voz de alarma. Hay que tener en cuenta que en 1999, la cadena de televisión británica emitió un reportaje en el que denunciaba el resurgimiento de un mercado de niños esclavos en países como Benin, Burkina Faso, Camerún, Gabón, Nigeria o Togo. No cabe duda de que en situaciones de guerra los países implicados tienden a hacer de los niños sus esclavos.
Aunque el panorama se presenta sombrío, debemos hacer un canto a la esperanza por todos esos niños y esperar un futuro mejor. Y es que tanto los países en guerra como los que no lo están deberían sentarse en una mesa y reflexionar sobre qué futuro quieren para su propio país, si los cimientos están forjados basándose en niños que presentan malformaciones, órganos amputados, dolores musculares, dificultades respiratorias, intoxicaciones provocadas por el plomo o con graves secuelas psicológicas.