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Leprosería de Culión, el colapso de los sentidos

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Alfons Rodríguez es un fotoperiodista catalán que realiza reportajes fotográficos y artículos para diversas publicaciones de ámbito nacional, de tipo cultural y de viajes. Asimismo lleva a cabo habitualmente Exposiciones Fotográficas para diferentes entidades, tanto públicas como privadas. Su espíritu aventurero y solidario le ha llevado a conocer lugares como Tailandia, Nepal, Perú, Kenia, Argelia, Costa de Marfil, Ghana... Su último viaje le permitió conocer la isla-leprosería de Culión (Filipinas). A su vuelta, ha querido transmitirnos su experiencia a través de este artículo. |
ALFONS RODRÍGUEZ / ANESVAD
Los jóvenes tienen un lugar en Culión, su población crece de forma constante, lo que significa que si dicha circunstancia se controla, el futuro se augura próspero para el municipio, pues la mayor parte de su geografía se mantiene sin explotar. Foto: Alfons Rodríguez | Un lugar, sus habitantes, su forma de vida, sus costumbres, pueden dejar en una persona unos recuerdos inolvidables, pero lo que me ha ocurrido a mí en la isla-leprosería de Culión, en Filipinas, es mucho más que eso. Incluso me atrevo a decir que me ha marcado para toda la vida, ha dejado en mí una huella imposible de borrar.
Cómo iba a imaginarme, antes de llegar a la mencionada isla, por motivos profesionales a la vez que de compromiso personal, que me iba a encontrar con tal derroche de sensibilidad, amistad, amabilidad y belleza, tanto interior como del entorno natural.
Culión es un lugar que colapsa los sentidos. El estallido policromático lo abarca todo, el verde de su maravillosa vegetación tras la lluvia, los paraguas multicolores, las bicicletas profusamente decoradas de rojo, azul y naranja, el esmeralda del mar en la orilla de sus playas y calas, el azul oscuro de las aguas profundas, el gris brillante de los delfines, los rótulos chillones de las barcas de los pescadores, o la explosión de dorados, azules y rojos de los atardeceres sobre la bahía, se juntan para mantener la vista continuamente absorta en dicha apreciación.
Las continuas risas de un pescador que bromea, la dulce sonrisa de un niño de tez morena y pelo azabache, la simpática y penetrante mirada de la joven que tiende la ropa, el saludo de un anciano inválido levantando la mano, la mirada cansada del corpulento campesino...; cada uno de ellos te brinda una oportunidad distinta de entender la vida en la isla, o al menos de que lo intentes.
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