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Leprosería de Culión, el colapso de los sentidos

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Por sus calles huele a pescado fresco, a fruta del tiempo, a flores en los balcones, a agua de coco y a guisados de las madres. En su jungla, el olor es a tierra mojada, a vegetación exuberante, a naturaleza virgen cubierta algunas veces por un manto de nubes oscuras, y otras, abierta a un cielo azul.

Las gentes de Culión no tienen prisa, pero tampoco están parados pues ellas mismas se crean sus obligaciones. Lo he palpado y comprobado al ver cómo cuidan sus calles, sus viviendas, cómo mantienen sus embarcaderos totalmente limpios, cómo se encargan de que las flores de sus iglesias estén siempre frescas e impregnen de olores suaves y agradables todas las estancias de las mismas.

Todos ellos aportan algo positivo a la comunidad: los niños, con su eterna sonrisa, pensando en la posibilidad de encontrarse con un futuro mejor; las mujeres con su labores caseras, esforzándose por labrar un futuro esperanzador para sus hijos; los hombres, los cabezas de familia, con su duro trabajo diario; los ancianos con su experiencia. Todo ello ha originado un ambiente de paz que es el fiel reflejo de por qué Culión es lo que es hoy en día: ha dejado de ser la isla del dolor para convertirse en la isla del milagro.

Todo esto ha sido posible gracias a la dedicación y esfuerzo de una ONG española: Anesvad. En el año 1970, el P. Javier Olazábal, un jesuita español, llegaba a Filipinas con el firme propósito de dedicar el resto de su vida al cuidado de los enfermos acogidos en la leprosería de Culión. Muy pronto se dio cuenta de la carencia total de medios: no tenían nada. Solicitó la ayuda de Anesvad y rápidamente respondió a su llamada llevando a cabo infinidad de Proyectos: mejora de Hospitales, construcción de nuevas salas de enfermos y Dispensario Médico, implantación pionera de nuevos tratamientos médicos contra la lepra, creación de cooperativas agrícolas, construcción de escuelas, edificio de informática, Colegio Loyola y otros muchos que ahora mismo no me vienen a la mente.

Resumiendo, pude comprobar durante mi estancia en aquella isla cómo los afectados por la enfermedad de la lepra en Culión, hace años los grandes olvidados, son en el presente, la razón y el motivo del progreso de esta isla remota y desconocida para la inmensa mayoría de los mortales.

Jamás podré olvidar los lugares por los que anduve y las personas que allí conocí. Jamás se irán de mi mente las cabañas de bambú del barrio de Pescadores, los niños del Colegio Loyola, los manglares de la costa o la mujer nativa de etnia Takbanwa dando pecho a su bebé.

A Culión me llevó mi labor de fotoperiodista, pero me mantuvo allí su amor y su atrayente sensación de libertad. Hoy, de vuelta a casa, siento que el compromiso personal que sentía en un principio por los enfermos de lepra, se ha extendido a todos aquellos que conocí en la isla, y también a los que no llegué a conocer.

Deseo ante todo mencionar a una persona que me mostró la garra de la vida, la pasión por la misma y el verdadero espíritu de lucha humano. Nunca olvidaré a José Dino, uno de los enfermos de lepra, que tras 57 años de padecimiento a causa de la enfermedad continúa derrochando alegría, amor y amistad. Culión es hoy lo que es y ha evolucionado de esta forma, gracias al apoyo de los Socios y Colaboradores de Anesvad, a la gestión y al esfuerzo de esta ONG. Y nada más, unicamente comunicaros que mi deseo es poder constatar lo mismo en otros lugares donde ha llegado y continúa llegando la ayuda de esta reconocida Institución.