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¿Estamos ante el fin de las ideologías?

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Así, el debate desaparece. La confrontación deja de existir. Hablar de lucha de clases suena a chino. Ahora lo que se lleva es el pensamiento único donde lo económico prima sobre lo político, donde una mano invisible corrige las deficiencias del mercado y donde el papel del Estado se limita a garantizar la seguridad de las fronteras y la vigilancia de los ciudadanos.

En la década de los ochenta, Reagan y Thatcher llevaron a la práctica estas ideas mediante la aplicación de programas económicos de corte duro. El conservadurismo trajo el debilitamiento y desmoronamiento de los valores que conformaron el Estado de bienestar, en virtud del cual se institucionalizó la protección social de los ciudadanos por el mero hecho de serlos.

En contra el pensamiento único, Joaquín Estefanía escribe que "al autodestruirse definitivamente el sistema alternativo al mercado y poderse contener el miedo al comunismo, el Estado de bienestar ya no fue necesario y la revolución que lo hizo posible se mandó al cuarto trastero".

Desaparecido el tradicional enemigo llegamos al mundo feliz de Aldous Huxley, donde no cabe la disidencia y la sociedad se fundamenta sobre la base del esfuerzo individual. Pero el pensamiento nunca puede ser único. Como afirma Paul Watzlawick "de todas las ilusiones, la más peligrosa consiste en pensar que no existe sino una realidad". Pero la sociedad está viva, las ideologías puede que no hayan desaparecido y la sociedad prefiere un poco menos de eficacia a cambio de un poco más de seguridad.

Globalización
Después de la guerra fría se ha hablado mucho de mundialización y globalización. Para unos es una especie de utopía, un camino por la historia que valía la pena recorrer a pesar de estar atestado de sangre y muerte. Para otros es un engaño de los burócratas y los poderosos de turno. Para despejar incógnitas que a menudo impiden ver la realidad tal cual, lo mejor es fijarse en una serie de hechos relevantes.

En el plano económico nos encontramos en un mercado mundial donde la dependencia de las economías locales respecto a las globales es cada vez más evidente. El mal llamado neoliberalismo consiste en aplicar medidas liberalizadoras allí donde éstas benefician a los países ricos y medidas proteccionistas allí donde la liberalización los perjudica.

En el plano cultural, si bien aún no puede hablarse de una cultura mundial, sí que hay muchos elementos que apuntan a ello, como la imposición del inglés como lengua mundial, el control de la información, el modelo de consumo occidental como ideal de vida feliz, la contemplación de los mismos programas de televisión o la estandarización de la música y de la manera de vestir.

En el plano ecológico es cada vez más obvio que sólo desde una perspectiva global y con compromisos y obligaciones mundiales se puede hacer frente a las amenazas que ha ido creando la Humanidad: desertización, agotamiento de energías no renovables, capa de ozono o contaminación.

Pero el ámbito institucional y político es el que menos se ha globalizado. El principio de la soberanía nacional apenas se ha revisado. Mientras el mercado, la cultura y los problemas ecológicos son mundiales, la política sigue circunscrita al ámbito nacional.

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