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Reconciliación universal
Lo anterior eran hechos. Los problemas comienzan a surgir cuando se intenta proporcionar una explicación y valoración de los mismos. Normalmente tenemos de ellos la versión de la cultura dominante. En general, lo que podría llamarse "civilización euroamericana" sigue pensando el fenómeno de la mundialización con esquemas ilustrados.
Se trataría de una especie de utopía, de una reconciliación universal al final del camino. Los países desarrollados ya han llegado a la paz perpetua. Quedan unos morosos -los países subdesarrollados- que tienen que pasar por las etapas que los líderes de la civilización ya han recorrido. El proceso de reconciliación universal culmina con la creación de un Estado mundial y, en general, con lo que la concepción del Estado moderno lleva consigo: la estandarización y uniformación cultural de los que caen bajo sus límites. Todas las luchas, invasiones y demás horrores quedan, de algún modo, legitimados por la culminación del proceso. Esta línea imaginaria de desarrollo en la que se alinean todos los países, aparte de esconder los vínculos reales de explotación y exclusión, sirve para dejar en manos de la solidaridad y la voluntariedad lo que es obligación y responsabilidad respecto a los efectos y consecuencias de nuestras acciones.
Con un mínimo de identificación con el sufrimiento de las víctimas, de los oprimidos, de los excluidos, de gran parte de la Humanidad, las cosas se plantean de manera muy diferente. Para empezar, la mundialización no es una utopía, ni ninguna buena noticia. Históricamente va de la mano del colonialismo y del imperialismo.
En el siglo XX culmina la constitución, empezada en el siglo XV con los procesos de colonización, de una sociedad que atañe a todas las realidades humanas del mundo. Económicamente el sistema capitalista mundializado sólo puede subsistir con enormes injusticias y manteniendo la absoluta disparidad económica de las mujeres y de los hombres.
Las ideologías del siglo XX
Después de la Segunda Guerra Mundial, y derrotados los totalitarismos, hasta 1989 el planeta se dividía en dos bloques diferenciados e irreconciliables: el occidental, que orbitaba en torno a Estados Unidos y a su política neoliberal, y el Este, guiado por el socialismo soviético. En medio surgía una alternativa de los países excluidos de ambos sistemas, que formaron los países no alineados.
El bloque occidental se ha sustentado en el sistema económico capitalista, enfrentado con el socialista. Estas sociedades se han caracterizado por la preponderancia de lo económico sobre lo social. El modelo neoliberal dejaba al Estado en un segundo plano y daba protagonismo a la inversión privada. El mercado es lo más importante, de ahí que las potencias de Europa, temerosas de perder la hegemonía de antaño, se hayan agrupado en la Unión Europea para competir con las grandes potencias económicas mundiales: Estados Unidos y Japón.
La caída del Muro de Berlín significaba el fin del sistema socialista basado en el marxismo. Tras el triunfo de la Revolución Rusa en 1917, medio planeta adoptó el comunismo como forma de vida. Tras la Primavera de Praga, que acabó con el intento de implantar un régimen diferenciado del stalinismo, los partidos comunistas europeos impulsaron el eurocomunismo. Este movimiento, encabezado por el Partido Comunista Italiano, y seguido por los de España y Francia, renunció a la dictadura del proletariado y sugirió la toma del poder gradual a través de los cauces de las democracias occidentales. Como se puede comprobar, el comunismo ha sido interpretado de múltiples maneras.
Una tercera vía fue la que nació de los países no alineados. Se trata de una organización supranacional, que agrupa a países y movimientos de liberación, en su mayoría del Tercer Mundo. La desaparición de la URSS en 1991, del Pacto de Varsovia y el COMECON, el nuevo papel de la OTAN ha marcado un compás de espera en la política de los países apartados de los dos grandes bloques que dictaron la política mundial hasta esos años.